El sueño persa de Elsi Rider El sueño persa de Elsi Rider
FacebookTwitterEmailMasFacebookTwitterEmailMasA veces la vida nos pone contra la espada y la pared y en ese momento, es cuando apreciamos lo valioso del día a... El sueño persa de Elsi Rider

A veces la vida nos pone contra la espada y la pared y en ese momento, es cuando apreciamos lo valioso del día a día y la importancia de cumplir sueños. Despertarte en la UCI de un hospital, totalmente monitorizada y rodeada de cables que terminan en tu cuerpo, te hace replantearte la vida. Tras una terrible negligencia médica que me llevó a ver el famoso túnel de la muerte y despertarme de un coma, pasé tres años sumida en un mar de preguntas, hasta que un buen día decidí que si la vida me había dado una segunda oportunidad era para aprovecharla y hacer aquellas cosas que tenía pendientes, todos aquellos viajes a lugares lejanos que quería hacer, aquellos sueños que por unas cosas u otras siempre se quedaban guardados en el cajón de los deseos, y uno de ellos era este, ir a la India en moto desde Asturias.

El 22 de septiembre de 2016 y a lomos de mi moto, llamada LUSI en honor a mis dos perras labradoras, Luka y Sira, emprendí en solitario esta aventura atravesando Europa, Turquía, Irán e India.

Europa era conocida para mí, llevo muchos años viajando en moto y opté por coger un ferri en Barcelona para tener más tiempo y visitar Turquía e Irán, por el que sentía una especial curiosidad, siendo la primera mujer española en recorrer el país iraní en solitario y en moto y la segunda conocida en todo el mundo.

He de decir que este viaje es un viaje al alcance de cualquiera que esté acostumbrado a viajar con su moto por Europa, tan solo hace falta organizarse y un poco de planificación para el tema de papeleos, tiempo y dinero obviamente.

Mi destino fue la India y recorrer el Rajasthan en moto, pero sin duda alguna, mi viaje, el verdadero viaje fue Irán, un país con fama de “opaco” en el que tuve la oportunidad de descubrir de primera mano la amabilidad de sus gentes, la belleza de sus paisajes y la gran cantidad de Patrimonio de la Humanidad declarados por la UNESCO; bueno sí… ¡y la gasolina a 0,45 céntimos y a 0,37 cuando me acerqué al Golfo Pérsico!

Turquía
Siendo un país turístico como lo ha sido, es una pena ver el estado policial y militar en el que se encuentra, aterrado por los ataques terroristas; cada poco un control policial con barricadas y hasta en el Gran Bazar de Estambul eres cacheado antes de acceder. Lugares donde antes llegabas con tu moto para hacerte la típica foto delante de la Mezquita Azul o de Santa Sofía, por ejemplo, ahora están blindados.

Mi llegada a Estambul fue en plena hora punta, ante un impresionante atasco y la “forma turca de conducir”, metida en el centro terminé en un hotel en el que me alojé durante dos días para visitar la ciudad, que no defraudó, aunque “al que madruga Dios le ayuda”  y el día de mi partida, la ciudad me regaló a las cinco de la mañana las vistas más maravillosas de esta ciudad con todas sus mezquitas iluminadas de colores, así como el puente del Bósforo que no pude apreciar a mi llegada porque bastante tenía con que aquel tráfico loco no me tirará al suelo. Me despedía de esta bella ciudad y ponía rumbo a Pamukkale, uno de los lugares más turísticos del país junto a la Capadoccia, que también visité.

Pamukkale
Castillo de algodón en turco, es una zona natural famosa por sus piscinas colgantes con aguas termales ricas en minerales, donde te puedes dar un baño a 37 grados y después visitar Hierápolis, antigua ciudad helenística, hoy en ruinas y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Cuando llegas allí con tu moto por sinuosas carreteras, o como fue mi caso por pistas, el paisaje te recompensa e invita a quedarte para disfrutar de todo aquello que la naturaleza ha creado para nuestro disfrute. Terminé pasando dos días allí y entablando tertulias por la noche con los dueños del hotel.

Capadocia
Después de un día disfrutando por pistas y carreteras olvidadas de Turquía, llegué a Capadocia; una espectacular zona de este país donde todavía en la actualidad hay casas excavadas dentro de las pequeñas montañas que conforman todo aquel conjunto. Tener la oportunidad de llegar a sitios tan diferentes y en moto ¡es toda una gozada!

Con una agradable temperatura y a lomos de mi Lusi, visité museos, ciudades subterráneas, castillos, pueblos peculiares de la región y subí en globo para ver el segundo amanecer más bonito de mi vida.

Fue aquí donde conocí a un matrimonio de artistas, él turco y ella francesa, asentados en la región para regentar un hotel y con ellos hablé de la situación del país, del fallido golpe de Estado que hizo peligrar mi viaje y del descenso del número de turistas por miedo a los ataques terroristas.

La Turquía interior
Tuve la sensación de que hay dos Turquías, una la turística y otra la más agreste y menos europeizada, y aquí fue donde empecé a notar “el cambio”, llegando a lugares donde no se ven turistas y no te aceptan el euro, lugares donde las mujeres ya van todas con el velo y te sientes muy observada ya no solo por forastera, sino por ser mujer y viajar sola en moto.

El GPS no funciona bien, a medida que me voy acercando a Irán suele ser algo normal, termino en mitad de un monte y la noche me sorprende, no se ve nada y no me atrevo a poner la tienda de campaña porque la oscuridad me impide encontrar un buen sitio, así que continúo y acabo en un pedregal. ¡Vi luces al fondo!, así que pensé ¡donde hay luz hay vida!, y me lancé por aquella pendiente con el ánimo de no terminar en el suelo y encontrar un sitio donde descansar, que la etapa había sido dura. Llegué a un pueblo “de cuyo nombre no puedo acordarme”, y allí había una hotelucho llamado “GRAN HOTEL”; era un lugar donde no acostumbraban a tener turistas y todos me miraban extrañados, salí a cenar y las miradas me perseguían, por alguna razón no me sentía segura allí y mi moto dormía en la calle con la incertidumbre de si al día siguiente estaría allí y cómo me la encontraría; al final no pasó nada y pude continuar ruta hacia mi destino, la frontera con Irán por Esendere.

En la frontera -y sin marido- llego a Irán
El paso fronterizo por Esendere estaba en obras, había llegado por caminos y pistas, me encontraba ahora con una serpenteada carretera donde los camiones hacían rectas las curvas, incluso uno de ellos me tiró a la cuneta. Antes de entrar en la frontera, más y más controles policiales y un montón de obras con mucho polvo, piedras y barro; los coches esperan la recogida de pasaportes que hacen aquí los militares y cuando llegan a mi altura, les doy el mío, sorprendidos de que viajase sola en moto y sobre todo de que fuese a Irán, preguntándome insistentemente si estaba segura de lo que iba a hacer.

Llego a la frontera pocos minutos antes del cierre, la parte turca asfaltada pero no así la iraní, donde me recibe un militar -metralleta en mano- que me indica dónde dejar la moto y me pregunta por el resto de gente y por “mi marido”, una pregunta que todo el mundo me hizo a lo largo de mi viaje por el país, extrañados de que condujese una moto siendo mujer y sola, “sin marido”, dudando muchas veces sobre si él me dejaba, a lo que respondía “que en Europa no era raro”. En Irán las mujeres tienen muy limitada la conducción de motos y de bicicletas, pudiendo hacerlo si están federadas, pero nunca rodeadas de hombres, porque se considera entonces que es una “falta a las normas establecidas”.

Extrañados de mi presencia, enseguida me encuentro rodeada de hombres -allí no había ni una sola mujer-, y accedo a un edificio deteriorado y viejo sentándome en una sala interior y ya con el velo puesto, un funcionario viene y me pide el pasaporte. “¿Y tu marido? Otro más vino y se llevó el carnet de pasaje. “¿Y tu marido? Y así, una y otra vez, me fueron preguntando “por mi marido” casi todos los que se acercaban a mí. Después de una hora estaba en otra pequeña garita con un militar que me preguntó por los motivos de la visita a su país. Finalmente, esbozando una sonrisa, me dijo “Welcome to Iran”, una frase que está institucionalizada en todo el país persa, y con el que su gente te recibe con los brazos abiertos y te “miman” como turista.

Mi primer contacto con el pueblo iraní fue en Urmia, donde ni mi teléfono ni mi GPS funcionaban, aunque me ayudaron unos señores a los que encontré en mitad de la ciudad, que no solo lo hicieron, sino que toda la familia vino a hacerse fotos conmigo y  ofrecerme zumo. Aquí es la única vez que me quité el velo, ante la insistencia de ellos por hacerme sentir cómoda, que fue la tónica general en mi recorrido por el país, gente amable, que te intenta ayudar en todo y con una enorme facilidad para comunicarse con el extranjero.

Irán es un país lleno de patrimonio, con ciudades espectaculares como Abyaned, Isfahan, Shiraz, Yazd y un largo etcétera, unas veces en mitad del desierto, otras entre montañas, como cuando bajé al Golfo Pérsico; pero siempre rodeada de buenos paisajes.

Las motos de alta cilindrada están limitadas, por lo que cada vez que me veían me paraban para hacerse fotos con Lusi. Cuando se daban cuenta de que era una mujer quien conducía, la expectación era todavía mayor.

Irán es un país de grandes posibilidades para la moto. Puedes viajar por carreteras convencionales, autovías, o por pistas, muchas pistas para el disfrute del off road. Hay gasolineras en todos los sitios y su precio es lo mejor: 0,45 céntimos y 0,37 en la zona del Golfo Pérsico.

Una de mis mejores experiencias, aunque cada día tenía una, fue la noche que dormí en el desierto de Yazd, pero no lo hice en tienda de campaña, sino en una casa iraní, donde tuve el placer de conocer más de cerca las cosas de este país persa compartiendo mesa y tertulia. Rodar con tu moto por los túneles que les protegen del sol en esta ciudad oasis del desierto es un placer, un privilegio, un lujo; estas ciudades del desierto adoptan soluciones muy ingeniosas para protegerse del sol.

Otra de las cosas que me encontré fue el Muharram, que viene a ser nuestra Semana Santa española, con sus procesiones y sus cofradías y cofrades. Algo que había visto muchas veces por la televisión, lo tenía delante de mí. La gente del país me decía que era una pena que hubiese coincidido mi viaje con esta festividad porque era un mes triste, pero para mí fue un regalo cultural, estar presenciando algo tan íntimo para ellos, en un país aparentemente tan opaco, y ver cómo se sentían agradecidos de ver que un occidental, en este caso yo, me interesase por su cultura y tradiciones.

Ha llegado el momento de dar el salto a la India y hago un último intento en Irán para conseguir un visado y poder atravesar Pakistán, pero tampoco lo consigo, así que busco un parking en Teherán donde dejo la moto, ya que pasarla en avión me resulta excesivamente caro, con lo cual, mi intención es coger un vuelo hasta Nueva Delhi.

India y el alquiler de motos
Aterrizo a las 04.00 de la mañana y un taxi me deja en el centro de Nueva Delhi, donde estaba el hotel. He quedado con Berto, que llevaba tiempo intentando ir a India para un tour fotográfico y siempre se había disuelto el grupo y anulado el viaje, así que había decidido venir conmigo a recorrer el Rajasthan.

Nos quedamos dos días en Delhi para tomar contacto con el país y buscar unas motos para alquilar; mientras tanto, tuc tuc arriba, tuc tuc abajo, fuimos visitando la capital, desde la famosa Puerta de la India, hasta los innumerables templos que hay repartidos por toda la ciudad.

Mi ruta era visitando los puntos más importantes de esta región, Jhunjuhnu, Mandawa, Bikaner, Udaiur o Jodpur entre otros.

India es un país saturado de basura, encima de la cual tuvimos que conducir muchas veces; la contaminación a veces no te deja ver a más de dos kilómetros.

He de decir que este era mi destino, pero no encontré aquello que esperaba; obviamente esta es una opinión muy personal y solo sobre una región de la India, que además es muy turística; es mi vivencia personal, que no tiene por qué coincidir con el resto. Allí tuvimos la sensación de que nos veían como “un euro con patas”, comprensible, no digo que no, pero que al final te satura el hecho de tener que estar todos los días negociando y sin un momento de tranquilidad porque en cuanto te ven, esperan sacar algo del turista.

Recuerdo en Jadpur, que vino un chico con un niño en brazos y enseguida le dijimos que no queríamos nada, que solo queríamos traquilidad. El niño se marchó y pensamos “nos habremos pasado, a lo mejor solo quería hablar”, y nos quedamos con mal sabor de boca por nuestra desconfianza. Al poco tiempo, apareció para pedirnos dinero a cambio de una foto con su hijo y esto es solo una de las muchas experiencias de este estilo que tuvimos.

A parte de lo anterior, decir, que las puestas de sol son maravillosas, y que también hay gente amable y que te intenta ayudar, aunque por desgracia no encontramos mucha. Recuerdo el día que pinchamos, se suponía que eran 50 rupias y al final pagamos 200.

Una ciudad que nos fascinó porque encontramos esa espiritualidad y misticismo que buscábamos fue Pushkar, lugar de peregrinaciones donde por la noche todo se ilumina con velas y los cantos espirituales lo atrapan todo; por la mañana, los fieles se bañan y dejan escurrir el agua entre sus manos para realizar de manera metódica su ritual.

Conducir en India tampoco es tan difícil, existe un absoluto caos pero todo fluye y las velocidades no son altas, como mucho 80 kilómetros hora de media, con lo cual al ser una conducción “de esquivarse” unos a otros puedes circular sin problemas; pero con un buen claxon, que aquí se pita por todo.

El regreso
Fue la parte del viaje en la que más sufrí. En Irán empezó a nevar y las temperaturas se desplomaron, pasando de los casi 50º C del Golfo Pérsico a los -13º C en Turquía.

La peor etapa fue en Dogubeyazit, ya en Turquía, a los pies del Monte sagrado Ararat -donde cuentan que Noé aterrizó con su arca-, a más de 5.000 metros de altura y con nieves perpetuas. Aunque se preveía una bajada de temperaturas, nadie preveía semejante temporal.

En Irán, país en el que circulan muchos coches, de repente empecé a darme cuenta de que había muy pocos y más adelante los puestos de venta que había a ambos lados de la carretera eran arrancados de cuajo por un fuerte viento que terminó con mi moto en el suelo. Hice noche en Tabriz en medio de una intensa nevada, y cuando entré en el pueblo fronterizo de Dogubeyazit, se pasó de nieve a hielo, era una auténtica pista de patinaje, me caí hasta tres veces seguidas ante las burlas de muchos vecinos y los coches que me pitaban detrás. La frustración, rabia y cansancio eran visibles y en un momento dado me dí al vuelta y les grite “¡¡¡no por mucho pitar voy a levantar la moto del suelo!!!” Curiosamente, apareció un señor con barba, de esos que cuando los vemos nos cambiamos de acera, al que no le pediríamos nada, y me ayudó a levantar la moto. Me dijo que íbamos a tomar un té, haciendo gestos de “tranquila, tranquila”, yo le decía “no té, hotel”, pero insistió y de repente estábamos delante de un local oscuro, de esos a los que no entraríamos nunca, y solo hombres, yo insistí en que no quería un té, pero ante su insistencia y mi desesperación “de tirados al río”, para allá que nos fuimos. Cuando entré, todas las miradas se posaron en mí, creo que debía tener una cara de sufrimiento grande, al ver cómo sus ojos me miraban con pena. Enseguida me acercaron a la estufa y me pusieron un té, que por el frío y los nervios se me cayó al suelo. Era incapaz de sostener aquel vaso entre mis manos. En ese momento me derrumbé a llorar como una niña; los gestos de aquel hombre que me acompañó eran de “deja de llorar o te doy”… Este hombre llamó a otros dos, y entre todos conseguimos llevar la moto al parking de un hotel, donde me quedé aquella noche buscando soluciones para salir de aquella pista de patinaje y continuar ruta, porque detrás venía otro temporal.

Localicé a un hombre con un pequeño camión de ganado. Con mucho esfuerzo y sin rampa cargamos la moto y la descargamos 5 km después, exhausta ya de tanto esfuerzo para que no se nos cayera la moto al suelo.

Después rodé bajo condiciones extremas de -13 grados, con una sensación térmica mayor encima de la moto, que me hacía parar cada vez que tenía la oportunidad, ya fuera gasolinera o casa particular, donde la gente al ver el estado en el que iba con los dedos azulados me acercaban estufas, me traían té e intentaban ayudarme siempre. Y es que en los momentos peores el ser humano saca lo mejor de sí mismo para con el prójimo.

Después, y con algún percance que otro por el GPS en Grecia, llegué a la península siempre bajo un temporal de lluvia y viento que curiosamente desapareció al llegar a mi casa en Asturias, donde se supone que siempre hace mal tiempo.

Mucha gente me pregunta si volvería a hacerlo y mi respuesta es sí, porque los sueños, aunque no les demos importancia, la tienen. Son el motor que nos motiva para realizar cosas y si no soñamos somos peces a los que la corriente arrastra. Viajar es la mejor inversión que podemos hacer y además hacerla para nosotros y si es en moto mejor, porque la vida en moto ¡es más vida!

Para Motoviajeros, Elsi Rider.-

www.estoesmotoblog.wordpress.com

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar. Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro "Amazigh, en moto hasta el desierto" (Ed. Celya, 2016).

  • ramon

    5 Mayo, 2017 #1 Author

    Enhorabuena Elsi por realizar tu sueño,
    que en parte tambien he disfrutado yo.
    Yo sigo soñando…algun dia.
    ramon

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