El Tirol y el “9” alpino en moto (y II) El Tirol y el “9” alpino en moto (y II)
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17-hacia-andermatt(Leer I parte…) Me levanto con cierto nervio, la distancia hasta nuestro siguiente alojamiento (Andermatt) es de tan sólo unos cien kilómetros, pero tengo prisa por llegar, descargar los bártulos, y pasarnos toda la tarde recorriendo la mayor concentración de pasos alpinos en el menor número de kilómetros, llamados popularmente “el nueve” por la forma que tienen si los ves en el mapa… Las previsiones meteorológicas no son muy alentadoras, anuncian agua servida en forma de tormentas, pero en Maienfeld luce un sol radiante en un cielo azul, por lo que partimos bien cargados de optimismo.

Volvemos al valle, en dirección sur. Junto a nosotros discurre uno de los ríos más grandes de Europa, el Rin; me marea un poco pensar en que su desembocadura está en el mar del Norte, y que desde Zúrich hasta Rotterdam es perfectamente navegable; en Chur, la ciudad más antigua de Suiza, viramos hacia el Oeste, siguiendo la vía del Glacier Express, el “tren expreso más lento del mundo”. Hemos aprovechado los trazados paralelos para jugar a las carreras con uno de aquellos trenes de color rojo chillón, dándoles un poco de diversión a sus pasajeros.

Más allá de Muster se acaba el valle, y la carretera empieza nuevamente su ascensión; inquietos, observamos que a nuestro alrededor se están empezando a acumular unos feos nubarrones. Algunos kilómetros más allá, sin verlo pero intuyéndolo, atravesamos el túnel ferroviario de San Gottardo; discurre a dos kilómetros bajo tierra, y es hasta la fecha la mayor proeza de ingeniería civil del siglo XXI. Es el túnel más largo (57 kilómetros) y profundo (2.300 metros en su cota máxima) del mundo, cifras abrumadoras que hacen posible la desaparición de la “barrera” de los Alpes, y el acercamiento definitivo entre el norte y el sur de Europa. Aún huele a nuevo, su inauguración oficial tuvo lugar el pasado mes de junio. Atrás queda un coste de 12.000 millones de francos suizos y nueve vidas humanas.

11-oberalpassAntes de llegar a Andermatt, debemos coronar el Oberalpass. En su cumbre, un curioso faro alejado de cualquier mar señala el nacimiento del río Rin. Sin bajar aún de la cima, hay un lago de aguas casi permanentemente heladas, y la estación del tren cremallera Matterhorn-Gotthardbahn.

En las afueras de Andermatt está nuestro alojamiento, un B&B que promete autenticidad y trato familiar… Hemos llegado demasiado temprano, y no hay nadie en casa. Se nos plantea un dilema, hacer los puertos del “nueve” jugando a la ruleta rusa con un tiempo cada vez más negro, o quedarnos sequitos y a salvo en Andermatt, pero dejando que se nos escapen unas horas que son vitales para cuadrar nuestro plan de viaje… Finalmente, empujado por el optimismo ciego de Isabel, decidimos que qué diablos, croupier haz girar la ruleta que nos lo jugamos todo al rojo… Arrancamos la moto, y encaramos nuevamente hacia las alturas.

Salimos de Andermatt por la “garganta Schöllenen”; uno de los pocos lugares que permiten el acceso a la llanura de Andermatt por el norte, y sitio estratégico en tiempos pasados, cuando las infraestructuras eran mucho más precarias y este paso era vital para comunicar los mares del sur de Europa con el norte continental.

Por el fondo de la garganta Schöllenen discurre el turbulento río Reuss; para salvarlo, se construyó en el siglo XIII un puente de madera, que fue sustituido tres siglos más tarde por otro de piedra, el llamado “puente del Diablo” por una de tantas leyendas que hay repartidas en nuestro mundo. Este puente fue testigo de una de las batallas más cruentas de las guerras napoleónicas; en 1799, las tropas rusas entraron procedentes de Italia, dispuestas a recuperar Suiza de manos de los ejércitos invasores de Napoleón. Un gran destacamento de soldados franceses voló el puente, y se atrincheró en la garganta… Cuando los rusos llegaron, fueron recibidos con un intenso fuego de artillería, pero aún así no retrocedieron: asediados, reconstruyeron el puente, y ganaron la posición. Se calcula que 900 soldados rusos perdieron la vida.

19-b-garganta-schollenenCien años después, se inauguró en las paredes de la garganta Schöllenen un gran monumento en memoria de los caídos en aquella batalla.

En 1958, el creciente tráfico de automóviles obligó a construir un nuevo puente, superpuesto al antiguo, que ha quedado relegado a un uso peatonal.

Al otro lado de la garganta, una serie de curvas de 360 grados nos depositan en el fondo del angosto valle del Reuss, aunque será por poco tiempo, ya que a pocos kilómetros tenemos el desvío que nos aupará hasta el Sustenpass por una carretera que muestra paisajes de nieves perpetuas y glaciares en montañas que superan holgadamente los 3.000 metros. En la cima del Susten, un pequeño túnel junto al lago del glaciar Steinen une las dos laderas, y hemos parado brevemente para observarlo gracias a que el cielo sigue asustándonos, pero no consuma su amenaza de empaparnos.

Los 47 kilómetros de la carretera del Susten se nos han hecho cortos, por la intensidad de sus paisajes. En Innertkirchen, volvemos a girar a la izquierda para seguir trazando este maravilloso “nueve”; poco después, encontramos el desvío al funicular de Gelmer (Gelmerbahn), el más empinado de Europa, con una pendiente máxima del… ¡¡106 por ciento!!

Atacamos el Grimselpass. Durante la subida, pasamos junto a un sistema de presas que doman las aguas de los lagos Räterichbodensee y Grimselsee, y de paso generan un buen puñado de vatios gracias a una central hidroeléctrica.

15a-grimselpassEn la cima del Grimsel, una estrecha carretera (que sólo abre diez minutos cada hora para circular en un solo sentido) conduce hasta el lago artificial de Oberaar. El recorrido es breve, pero no apto para quien padezca de vértigo.

Un rato después de embobada contemplación, un semáforo nos ha autorizado a desandar el camino y volver a la cima del Grimselpass. El pequeño llano de la coronación acoge el lago de Totensee (“lago de los Muertos”).

La bajada del Grimsel es un auténtico espectáculo, ya que tienes la perspectiva de las curvas que te quedan hasta el fondo del valle, y también las que remontan al Furkapass. Encajado en el valle, discurre otro de los ríos más importantes de Europa, el Ródano, que nace a pocos kilómetros de aquí. También está la estación de un tren a vapor que recorre todo el Furka; dicho ferrocarril quedó “obsoleto” desde que en 1982 se abrió el túnel ferroviario, pero una asociación de amigos del ferrocarril lo mantiene activo como maravilloso reclamo turístico.

Coronar el Furkapass supuso otra generosa ración de curvas; en la cima, desierta, hay un viento constante y cortante. Confraternizamos con un maduro matrimonio de cicloturistas italianos que están recorriendo Centroeuropa, lo suyo sí que tiene mérito…

19a-furkapassTras el Furkapass, bajamos nuevamente esta “montaña rusa” que parece inacabable; el primer pueblo del valle es Realp, donde está la estación ferroviaria del túnel Furka: sus trenes admiten coches (o motos), en invierno es la única manera de atravesar la montaña. La siguiente aldea es Zumdorf, proclamado “el pueblo más pequeño de Suiza”: sólo lo habita una familia de cuatro miembros.

Poco después, completamos el bucle y volvemos a Andermatt. Como si de una película con final feliz se tratase, ha sido bajarnos de la moto y desatarse finalmente la lluvia.

Duchados, descargados y con el imprescindible paraguas en la mano, hacemos una reposada visita a Andermatt. Su ubicación, un cruce de caminos alpino con salida hacia los cuatro puntos cardinales, le ha supuesto una turbulenta historia de conquistas y reconquistas. Actualmente, es un discreto destino de esquí en invierno y de actividades al aire libre en verano.

Hemos cenado a hora temprana, mientras afuera arreciaba la lluvia. Por la calle, pasean diversos soldados de un acuartelamiento cercano.

Aquella noche, me desperté súbitamente de madrugada… necesidades fisiológicas, ya sabéis… Volviendo a la cama, he mirado por la ventana: más allá del pueblo dormido y la oscuridad de las montañas, había un cielo con millones de estrellas, un espectáculo que sólo se ve muy de vez en cuando en la vida.

El aviador Jorge Chávez
A la mañana siguiente nos disponemos a completar el dibujo del “nueve”, y el primer puerto que tenemos ante nosotros es San Gotardo, espectacular, pero no el más espectacular, y aún así, me encanta por las muchas historias que guarda, y también por el empecinamiento humano en atravesar los Alpes precisamente por aquí, ya sea mediante carreteras de recorridos imposibles, o a través de épicos túneles…

El desarrollo de la humanidad, y el consiguiente avance en las técnicas de ingeniería, hizo posible afrontar otras maneras de transitar por un paso cada vez más frecuentado, y que durante el invierno quedaba bloqueado por la nieve… En 1871 se iniciaron las obras para la construcción de un túnel ferroviario, culminadas 10 años después. Fue un trabajo muy penoso por las condiciones geológicas, y que costó la vida de 199 trabajadores. En su día, y de manera efímera, fue el túnel ferroviario más largo del mundo, con 15 km de longitud. Los trenes estaban (y están) adaptados para cargar todo tipo de vehículos.

17-san-gotardoEl siglo XX trajo el auge del transporte por carretera, y en 1970 se iniciaron las obras del segundo gran reto en las entrañas de San Gotardo: un túnel para vehículos, construido a golpe de dinamita, e inaugurado en 1980. Como no podía ser de otra manera, también fue en su momento el túnel carretero más largo del mundo, con 16 kilómetros. En 2001, un choque frontal entre dos camiones provocó un incendio que acabó con la vida de once personas. Tras dos meses de cierre para su reparación, el túnel reabrió con una medida de seguridad drástica: sólo se permitía la circulación en un sentido, variando éste cada dos horas. Actualmente se vuelve a circular en doble sentido, pero con una obligada distancia mínima de 150 metros entre vehículos.

Pero el órdago máximo estaba por llegar, y de hecho se inauguró recientemente: el nuevo túnel ferroviario de San Gotardo, un monumento a la ingeniería del siglo XXI, de 57 kilómetros de longitud… Por supuesto, y para no romper la “tradición”, el más largo del mundo.

En la cima de San Gotardo hay un par de lagos, un albergue y un pequeño museo, además de algunos puestos de souvenirs y restauración. También está el “Sasso San Gottardo”, una fortaleza subterránea defensiva del ejército suizo, construida durante la Segunda Guerra Mundial, y que fue un enclavamiento secreto hasta su apertura al público, en el año 2001.

Los recién llegados a San Gotardo solemos retratarnos junto al monumento del aviador Adrien Guex, y allí estábamos cuando se nos acercaron un par de tipos cojonudos de Albacete, también metidos en su viaje alpino a lomos de sus GS. Ellos fueron los que nos presentaron a una camarera española que trabajaba en San Gotardo; nos ha pasado en Francia, Holanda, Irlanda, Suiza e Inglaterra: en el mundo de la hostelería siempre te encontrarás a alguien que hable español… La cuestión es que aquella camarera no era la única “paisana”: en el chiringuito de café y comida rápida está Josep, un gironí que, pasados los cincuenta, se lió la manta a la cabeza dispuesto a ir allá donde le contrataran, después de pasar toda su vida laboral en una fábrica “de las de siempre” que sucumbió por la crisis. Si le llamáis por su nombre, tenéis el café pagado.

Para bajar por la cara sur, el tráfico utiliza la carretera convencional, pero aún se conserva el trazado original, adoquinado, y retorcido en su trazado hasta lo imposible para bajar el máximo desnivel en la mínima porción de ladera… Por supuesto, éste fue el camino que utilizamos nosotros, compartiendo espacio con muchos cicloturistas, unas cuantas motos y algún que otro enlatado.

Al final de la bajada está Airolo, y la boca sur del “viejo” túnel ferroviario; en la plaza de la estación, un monumento del escultor Vincenzo Vela recuerda a los 199 trabajadores fallecidos.

20-nufenenpassUn desvío a las afueras nos pone en camino de la última pata del “nueve”, el Nufenen, de reciente construcción (1969), y el más alto de los Alpes suizos (2.479 msnm). En la subida, maravillosa y con las ya habituales vistas abiertas, no es infrecuente ver cabras salvajes, aunque siempre desde lejos, ya que son muy esquivas ante la presencia humana.

La bajada al valle de Goms supone volver a las verdes praderas flanqueadas por gigantescos “tresmiles” (y algún “cuatromil” tras ellos), que parecen asomarse para hacernos un pasillo de despedida. El río Ródano, siempre a nuestro lado, también aprovecha el valle para escaparse, hacerse mayor y seguir su camino hacia el Mediterráneo.

En Brig, parte la carretera que, coronando el paso Simplon, nos depositará en Italia; llegados a este punto, no quiero precipitarme marchándome con la narración detrás de la moto, ya que Brig fue testigo y punto de partida de una de las primeras grandes gestas del siglo XX…

Si algún lector ha volado en alguna ocasión a Perú, probablemente habrá aterrizado en el “aeropuerto internacional Jorge Chávez”, de Lima. Jorge Chávez fue un aviador de cortísima trayectoria, hijo de una familia acomodada que, cosas del exilio forzoso de la guerra, nació en París en 1887. Brillante atleta e inquieto estudiante, se graduó en 1910 en la escuela de aviación de Maurice y Henri Farman: la industria aeronáutica apenas estaba dando sus primeros balbucientes pasos, y de hecho su licencia de piloto fue la número 32 de Francia. Tan sólo cinco meses después, establecía un nuevo récord de vuelo en altura, elevándose a 2.655 metros.

En septiembre de 1910, recogió el “envite” ofrecido por un aeroclub italiano: 20.000 dólares a cambio de ser el primero en atravesar los Alpes por aire. Dicho y hecho, despegó desde un aeródromo situado a las afueras de Brig, no sin antes proclamar que “pase lo que pase, nos vemos en la otra cara de los Alpes”. Guió su aeroplano por las alturas del paso Simplon y el valle Divedro, ya en Italia, hasta llegar a Domodossola; durante el aterrizaje, una fuerte racha de viento quebró una de las alas de su aeroplano, cayendo en picado desde una altura de 20 metros. Sin perder la conciencia, fue evacuado a un hospital entre vítores y felicitaciones. Tenía las piernas fracturadas, y la rudimentaria medicina de entonces fue incapaz de parar las hemorragias; murió a los cuatro días. Un siglo después, recorreremos por carretera lo que Chávez hizo por aire.

Brig, al igual que Andermatt, también es un cruce de caminos, tanto de asfalto como ferroviario. La carretera que lleva a la frontera italiana fue expresamente construida por Napoleón con fines estratégico-militares; hasta entonces, el paso Simplon había sido un durísimo camino, principalmente utilizado por contrabandistas y mulas cargadas de sal, con destino a los puertos del Mediterráneo.

La carretera tiene un trazado “dulce”, comparado con lo que hemos visto los dos últimos días, y las montañas ya permiten que los bosques arraiguen en sus laderas. El punto más complejo de la subida es “saltar” el valle de Ganter, lo cual se hace posible con otra maravilla de la ingeniería civil: el puente Ganter, de 678 metros de longitud y 150 metros de caída libre desde el nivel de la carretera (174 desde el pilar más alto). La construcción de este puente supuso echarle un “pulso” a la implacable ley de la geología, ya que una de las laderas se desplaza hacia el valle entre 6 y 10 milímetros por año; la solución consistió en hacer descansar los pilares del puente en unos gigantescos soportes móviles, que cada 18 años necesitan ser desplazados para recuperar su asentamiento.

18-sustenpassLa cima del Susten está a sólo 2.005 metros sobre el nivel del mar, el entorno es “amable” la carretera es ancha, e incluso se observa un ligero tránsito de vehículos pesados, algo inédito en los puertos alpinos; el paso de un helicóptero casi en vuelo rasante nos recuerda que esto siguen siendo los Alpes.

En un promontorio del Susten, una gran escultura de un águila simboliza la vigilancia de la libertad por parte del Ejército suizo, ya que durante la Segunda Guerra Mundial pudo detener aquí el avance de las tropas de Mussolini.

Más adelante, la carretera se va hundiendo progresivamente en el valle Simplon, hasta encajarse completamente en la garganta de Gondo; tenemos la frontera con Italia tocando los dedos, y como por parte de magia, el tráfico empieza a “canibalizarse” de nuevo.

El último pueblo de Suiza es precisamente el que le da nombre a la garganta: Gondo. Esta aldea de 150 habitantes fue arrasada en el año 2000 por una avalancha de lodo y piedras, después de una serie de lluvias torrenciales que asolaron toda la zona. Murieron 13 personas. En Gondo está el paso fronterizo, y la Guarda di Finanza, el cuerpo aduanero italiano, está creando una pequeña retención mientras revisa aleatoriamente algunos vehículos.

El contraste entre Suiza, un país que “riza el rizo” de la armonía y el orden, e Italia, es evidente e imposible de pasar por alto: catenarias de tren comidas por el óxido, graffitis, parque móvil envejecido, y un punto de suciedad conforme nos vamos acercando a ciudades como Domodossola, la primera “urbe” italiana, si es que se puede llamar así a una población de 18.000 habitantes.

Domodossola tiene bien presente el recuerdo al aviador Jorge Chávez, con una estatua en la plaza que lleva su nombre, una placa en el hospital de San Biagio, o una escultura en el antiguo aeródromo donde Chávez se accidentó.

Recuperamos la autopista, y devoramos kilómetros a una velocidad que se nos antoja estratosférica: llevábamos varios días en los que ver tres dígitos en el velocímetro era un acontecimiento excepcional. Estamos a medio camino entre las alturas alpinas y la llanura padana, en tierra de lagos glaciares, y de hecho estamos a tiro de piedra del Lago Maggiore, el segundo más grande de Italia. Al igual que el “vecino” lago di Como, es un foco de atracción turística, como se puede percibir en sus poblaciones, que aún mantienen el estilo aristocrático decadente de finales del siglo XIX.

El día anterior habíamos reservado habitación en un hotel de Stresa, pequeña población bañada por las aguas del Maggiore, y lugar de esparcimiento de la burguesía de antaño; Ernest Hemingway fue habitante ilustre, y situó en Stresa el escenario de su novela “Adiós a las Armas”.

El GPS se había mostrado útil en algunos momentos del viaje, pero para encontrar nuestro hotel fue vital: estaba tan a las afueras, y tan montaña arriba, que incluso estaba fuera del alcance de nuestra intuición… La buena noticia es que desde la terraza de nuestra habitación teníamos unas vistas “de postal” sobre el lago.

Pese a lo desconectados que estábamos del pueblo, no queríamos renunciar a dar nuestro habitual paseo vespertino; llegar a Stresa supuso una caminata de casi tres cuartos de hora… cuesta abajo. Empecé a sudar ante la perspectiva que nos esperaba a la vuelta.

Manel e IsabelStresa nos dejó moderadamente satisfechos; un bochorno asfixiante nos impedía entregarnos de manera completa a sus encantos. El casco antiguo es muy coqueto, y se recorre en pocos minutos. La temporada turística calienta motores, y empiezan a verse las primeras masificaciones turísticas. Diversas tiendas tradicionales nos ofrecen “tentaciones” de todo tipo, a las que debemos renunciar por tener la moto sobreocupada al 120%… Pero lo que más se vendía en todas partes eran los repelentes de mosquitos. Era obligado inmunizarse de alguna manera contra aquellos insectos, tan abundantes como salvajes.

Tras cenar en una terraza en plan marqueses, nos fuimos a ver caer el sol desde la orilla del lago; diversas embarcaciones navegan plácidamente en aguas llanas, algunas rodeando las cercanas islas Borromeas.

Y ahora, una mierda de película de misterio protagonizada por dos europeos bien alimentados: No había autobús que nos llevara de vuelta a nuestro hotel, tampoco había taxis a la vista, así que volvimos por un sendero completamente encerrado en el bosque, sin saber por dónde saldríamos, ni si íbamos en la dirección correcta: el escenario perfecto para que nos interceptara un asesino en serie, motosierra en mano. Mucho rato después, cuando ya prácticamente no quedaba luz del día y más por casualidad que por conocimiento, volvimos a pisar asfalto a escasos trescientos metros del hotel. The End. Filmed in Panavision. Color by de luxe.

Génova (otra vez)
Y finalmente hemos llegado al “día basura”, ese momento en que sabes que ya está todo hecho, y tan sólo queda regresar a casa; estás físicamente molido, de bajón emocional, con cuatro pavos en la cartera, y te sorprendes pensando que, por muy nómada que te creas, lo que más deseas en ese momento es abrir la puerta de tu casa, darte una ducha tibia y tirarte en el sofá diez minutos. O cuatro horas.

En el hotel de Stresa, estamos empaquetándolo todo con pereza, ya que tenemos todo el día para recorrer por autopista los 200 kilómetros que separan el lago Maggiore del puerto de Génova. Bajamos a desayunar, compartiendo el comedor con un grupo de maduros turistas americanos de origen oriental, que nos miran como si quisiéramos robarles algo. Desayunamos unos deliciosos croissants recién horneados. A la hora de marcharnos, Isabel pretende romper el hielo con los japo-americanos, diciéndoles “enjoy your meal”, recibiendo a cambio un pesado silencio y que una de las comensales se agarrase de manera instintiva a su bolso: yo me pregunto hasta qué punto tengo mala cara por llevar casi dos semanas sin afeitarme.

De nuevo on the road. La autopista va bastante cargada, estamos en fecha de “operación salida” a la italiana, y muchos de los coches son de matrícula suiza, encaminándose hacia la costa Azul, o a donde sea que brille el sol.

A mediodía, estamos a tiro de piedra de Génova. Agobiados del tráfico, nos metemos en un área de servicio, y aprovechando la generosa sombra de un árbol, extendemos nuestra “manta picnic” para remolonear, tomar algo fresquito, y dejarnos llevar por una ligera siesta mientras el tráfico ronronea a pocos metros de nosotros: un oasis de mierda, pero oasis a fin de cuentas.

A las dos de la tarde ya estamos enfilando la entrada del puerto; nos rodea un nervioso tráfico de vehículos con destino a Marruecos, por supuesto todos ellos cargados hasta lo delictivo. Me temía un festival de bocinas, colas y carreritas para formalizar la tarjeta de embarque, y no me equivoqué. Aparcamos frente a nuestro ferry junto a otro pequeño grupo de moteros: teníamos más de tres horas de espera por delante, y ninguna sombra bajo la que guarecernos. Ahí fue donde hicimos migas con Luciano y Eleonora, dos lombardos que iniciaban su viaje hacia la meseta española. Más tarde, se añadieron Toni y Montse, vecinos excepcionalmente próximos que volvían de Croacia. Este sexteto ya no se rompió durante toda la travesía, y de hecho hemos desembarcado en Barcelona con la promesa de materializar futuros e interesantes planes…

Este inesperado lazo de amistad pone la guinda y el punto final a nuestro viaje. Hace muchas líneas, empecé este relato diciendo que no me perdería en convencionalismos sobre el alimento espiritual que supone viajar, y tampoco lo acabaré con un grandilocuente análisis vital; guardemos como oro en paño esta gran experiencia personal, pero seamos humildes ante aquellos que abrieron el camino, y en su momento tuvieron la generosidad de explicárnoslo para convencernos de que sus logros también podían ser los nuestros. Mientras haya fuerzas, ahí estaremos… ¡Saludos y buena ruta!

Para Motoviajeros, Manel Kaizen.

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar.
Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro “Amazigh, en moto hasta el desierto” (Ed. Celya, 2016).

  • Toni Jimenez

    27 diciembre, 2016 #1 Author

    Un relato que crea adicción.
    Desde las primeras lineas nos cautiva por ese interés de ir desmembrando poco a poco ese maravilloso y suculento entresijo de curvas, paisajes, vivencias, sensaciones, relaciones… que siempre aguardan en un gran viaje en moto.
    Pero una nota singular le da un colorido que lo hace destacar sobre otras partituras, y es esa arquitectura peculiar que une la experiencia vital, con un entorno histórico privilegiado. Donde otros solo han visto asfalto, tu nos despiertas una curiosidad voraz por conocer mejor todo lo que rodea este maravilloso recorrido.
    Gracias Manel por compartirlo. Tomamos buena nota!

    Vssssssssssss!!!

    Toni J.

    Responder

    • Manel Kaizen

      16 febrero, 2017 #2 Author

      Sin palabras, Toni… Bueno sí, que en Manresa tienes ronda pagada! 😉

      Responder

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