El Tirol y el “9” alpino en moto (I) El Tirol y el “9” alpino en moto (I)
FacebookTwitterEmailMasFacebookTwitterEmailMasMucho se ha teorizado sobre la filosofía de “viajar”, así que no empezaré este relato con convencionalismos etéreos sobre crecimiento espiritual, ya que cada... El Tirol y el “9” alpino en moto (I)

El Tirol y el "9" Alpino: Manel e IsabelMucho se ha teorizado sobre la filosofía de “viajar”, así que no empezaré este relato con convencionalismos etéreos sobre crecimiento espiritual, ya que cada uno de nosotros sabe qué es lo que nos mueve a meter dos calzoncillos y el cepillo de dientes en una maleta, y largarnos para hacer un pequeño paréntesis en nuestras vidas. Nosotros hemos subido a la moto para descubrir una de las zonas más bellas de Centroeuropa: el Tirol, una región que fue parte del imperio austrohúngaro hasta que en 1918 el nuevo mapa geopolítico posterior a la Primera Guerra Mundial la dejó partida entre Austria e Italia. La división territorial no supuso la pérdida de sus lazos históricos, compartiendo idioma a los dos lados de la frontera (alemán, italiano, y en menor porcentaje, ladino), y constituyéndose como región con voz propia ante las instituciones europeas, al estilo de nuestras autonomías.

Geográficamente, el Tirol está dividido por los Alpes Centrales, la más monumental cadena montañosa de Europa, y un destino privilegiado para cualquier motorista.

Este viaje no quedará únicamente encasillado en los límites del Tirol; también visitaremos Milán, los lagos glaciares de Como y Maggiore, y pondremos la guinda al pastel recorriendo “el nueve”, un conjunto de puertos alpinos suizos, conocidos así por la forma que componen si los ves en un mapa… ¡Ah! Y por supuesto, también habrá unas cuantas historias a pie de arcén.

Antes de meter primera y partir, queremos agradecer a Iñaki Santiso sus indicaciones: buen conocedor del territorio, no dudó en compartir su sabiduría con nosotros. Gracias, socio.

Mediterráneo
La península ibérica está conectada con Italia, Marruecos y Gran Bretaña a través de líneas regulares de ferrys, que por supuesto admiten a nuestras monturas en sus bodegas. Existe una facción muy “purista” de motoristas que creen que un viaje en moto ha de serlo hasta sus últimas consecuencias, y atajar por vía marítima es una especie de trampa; yo no me encuentro entre ellos, y si tengo la oportunidad de embarcarme para ahorrar un puñado de tediosas horas de autopista, lo hago sin duda ni remordimiento. El ferry es aparentemente más caro, pero si descuentas gasolina, peajes, el desgaste de la propia moto, y en el caso que nos toca, la noche de “hotel” que haremos a bordo, el precio del pasaje queda amortizado.

Así pues, nuestro kilómetro cero será el puerto de Barcelona, desde donde partirá un ferry que, diecinueve horas después, nos liberará en Génova.

La terminal de la naviera que opera nuestra línea está en un extremo del puerto; el barco ya está atracado, de hecho la capital catalana es una mera escala, ya que el ferry procede de Tánger. Algunos pasajeros, casi todos magrebíes, nos observan desde la cubierta de popa mientras formalizamos los trámites de embarque, siempre con un punto de estrés por las prisas y el papeleo.

Una vez hemos acomodado la moto en la barriga del ferry, descargamos nuestros bártulos en el camarote asignado, y nos ponemos ropa ventilada: el sol de finales de junio está siendo especialmente demoledor en Barcelona. Aprovechamos para hacer un chequeo de nuestras pertenencias, que aunque minimizadas al máximo, abultan lo suyo porque nuestra previsión es pasar diez días (y dos de navegación) en lugares con gran contraste de temperaturas: arrastramos vestimenta de verano, invierno, seco y lluvia. De hecho, la moto lleva ocupadas las tres maletas, más la baca (sobre la que van los monos de lluvia), y un petate de respetable tamaño apoyado en una de las maletas laterales; este último contiene viandas para ser autosuficientes a bordo.

El ferry se recorre rápido, y aún más rápido te aburres de él: varias cafeterías, un gran salón común con televisiones, un mini-casino con máquinas de azar, otro con videojuegos, un bazar al estilo duty-free, un restaurante de precios prohibitivos y, en la cubierta superior, una piscina tristemente vacía. El colofón lo pone una pequeña capilla profusamente decorada con estampitas.

La mayoría de pasajeros nos repartimos por las cubiertas exteriores, observando las maniobras de desamarre con el interés de los no iniciados. Hay muy pocos motoristas a bordo, y la mayoría son extranjeros; una vez salimos a mar abierto, se crean algunos grupos aleatorios de paisanos, nosotros nos quedamos en tierra de nadie, tomando el sol. Creo que no me equivoco si digo que los españoles somos franca minoría. En un rincón de la cubierta, una veintena de magrebíes han montado una timba de póquer, y no soltarán las cartas hasta llegar a Génova.

El ferry recorre la costa catalana a una distancia sorprendentemente corta. Jugamos a ir adivinando los pueblos costeros desde una perspectiva inédita: Blanes, Tossa de Mar, Palamós… Cuando el Sol empezó a caer en el horizonte estábamos rojos como tomates, y maldita la hora en que nos acordamos de que también llevábamos crema protectora en el neceser.

A las seis y media de la mañana, la potente megafonía del ferry nos ha sacado de la cama; en cuatro idiomas y sin prisas por acabar el discurso, nos han explicado el buen tiempo que hace en Génova, (a donde llegaríamos en una hora), que la cafetería estaba abierta, y que si eso fuéramos levantándonos ya; legañosos, nos fuimos a cubierta para decir hola a Italia.

El ferry enfila la bocana del puerto de Génova, donde está atracado lo que queda del malogrado Costa Concordia, el “Titanic” del siglo XXI, en la fase final de su desguace. Botado en el año 2005, fue en su momento el crucero más grande del mundo. En 2012, una temeraria aproximación a la isla de Giglio provocó su embarrancamiento en unas rocas cercanas a la orilla; 32 de los 4.200 pasajeros murieron. El capitán Francesco Schettino, responsable último de la maniobra (y de los primeros en largarse del barco naufragado, por cierto), fue condenado a 16 años de prisión.

Nuestro ferry se acerca con cautela a la dársena de atraque; ya hay vehículos esperando para el viaje de vuelta, centenares de coches magrebíes cargados hasta lo imposible, en su particular “operación salida” hacia Marruecos; allí empezamos a temernos que nuestra propia vuelta no sería tan relajada como la ida…

Pese a ser primera hora de la mañana, la sensación de bochorno es muy acusada; desembarcamos y, tras pasar tres controles de papeleo y registro –uno de ellos militar-, hemos paramos a desayunar en el primer bar de currantes que hemos encontrado, enfrente mismo del puerto y bajo el viaducto de la autopista. Allí aprendimos la primera lección de italiano: pedir una “tosta” significa que te hagan un sándwich mixto de generoso tamaño.

Tenemos todo el día para cubrir los 250 kilómetros que nos separan del lago de Como… En cuestiones de orientación, siempre he sido “de la vieja escuela”, con el mapa en la bolsa sobredepósito, pero las dimensiones de Génova, ciudad de 600.000 habitantes, me intimida, y el tráfico “italiano” no perdona las dudas, así que por vez primera me pongo en manos del navegador GPS… Aquel cacharro cumplió con su trabajo de manera eficiente, y pocos minutos después estábamos en la Autostrada.

En Milán, nos encomendamos nuevamente a los satélites para encontrar la  plaza de la catedral del Duomo, una de las más grandes del mundo. Las calles adoquinadas del centro son de uso compartido con los tranvías, y en un momento dado todo se movía tan deprisa a nuestro alrededor, que decidimos dejar aparcada la moto en una acera, y acabar de llegar a pie; resultó que estábamos a escasos 200 metros del Duomo.

La zona está fuertemente vigilada por todas las policías italianas (local, Polizia di Stato y Carabineros); el precio de la entrada al Duomo incluía, sin sobrecoste, un cacheo por parte de dos soldados del Ejército.

Una vez dentro, todas las molestias y los dolores en la billetera quedan superados ante la contemplación de las esculturas, los ventanales policromados más grandes del mundo, o la propia bóveda de la nave central, de 45 metros de altura.

Incluso sin entrar a ella, el espectáculo de las fachadas en mármol, y su multitud de gárgolas, pináculos y estatuas la convierten en un espectáculo arquitectónico y artístico.

Volvemos a la moto. Para salir de Milán, el GPS no se anda con rodeos ni circunvalaciones, y nos hace atravesar toda la ciudad por una cansina serie de intersecciones, glorietas y semáforos… La buena noticia es que el tráfico urbano es más pacífico de lo que hubiera imaginado, tratándose de un país con acreditada fama de conducir “a estilo libre”.

3-mandello-del-larioFinalmente, hemos llegado al lago de Como. Con forma de “Y” invertida, lo remontamos por su parte oriental. Diversos pueblos se dispersan al borde de sus aguas, pero a nosotros nos interesa uno en concreto: Mandello del Lario, cuna de una de las marcas motociclistas más icónicas, Moto Guzzi, que sigue produciendo modelos en la misma ciudad que la vio nacer, allá por 1921. Pese a las dificultades económicas que ha pasado (llegó a cesar su producción unos días, en 2004), actualmente vive un momento dulce, y la factoría sigue produciendo modelos que son clásicos desde el momento que nacen. En la fábrica también hay un museo de la marca, que abre una hora al día, y hemos tenido la suerte de llegar en el momento adecuado para visitarlo.

Las instalaciones del museo son fantásticas, y se puede seguir la trayectoria de la marca desde sus inicios, sus logros en la competición, e incluso su faceta “campera”, llegando a verse una Guzzi en aquel genuino Paris-Dakar de los años 80. Los legendarios motores bóxer también tienen el protagonismo que se merecen.

A la salida del templo guzzista, el calentamiento motero se convirtió en calor físico; la tarde avanza, y el sol aprieta con saña. Afortunadamente, nuestro alojamiento está a muy pocos kilómetros de aquí, montaña arriba… Es un “Bed & Breakfast” regentado por una simpática pareja (Luca y Annamaria) que disponen por nosotros una tarde tan plagada de propuestas turísticas, que estaba claro que nos iban a faltar horas.

Ya sin el lastre del equipaje, volvemos a la moto para recorrer los pueblos del borde del lago, un disfrute parcialmente aguado por la humedad ambiental, y también porque no puedes perder de vista el retrovisor, ya que en cualquier momento puede aparecer un autóctono para joderte con sus eternas prisas.

4-varennaHacemos un alto en Varenna. En la otra orilla está Bellagio, aún más turística, pero para nosotros Varenna tiene el tamaño adecuado y el encanto perfecto. También en la otra orilla está Laglio, muy mencionado porque George Clooney tiene allí dos villas; no es el único en haber caído rendido a los encantos del lugar, siendo larga la lista de celebridades que se han asomado aquí, desde Madonna a Leonardo da Vinci, del cual se dice que lo que pintó detrás de la Mona Lisa fue precisamente este lugar.

También en la otra orilla, pero más al norte, está Dongo, lugar donde fue detectado y arrestado Benito Mussolini, en plena desbandada tras la caída del fascismo, en 1945. Al día siguiente, fue fusilado junto a su esposa cerca de allí, en un lugar hoy marcado con una cruz; los cuerpos fueron trasladados a Milán, y se les colgó boca abajo del techo de una gasolinera en la plaza de Loreto –la que, por cierto, hemos atravesado durante nuestra huída de la urbe-.

De nuevo en el B&B, descubrimos que nos es imposible acercar la moto hasta la puerta, sencillamente porque las calles son tan estrechas y empinadas que nos podríamos ver en un atolladero. El inesperado paseo vespertino sirvió para comprobar que el lugar estaba lleno de gatos.

Dolomitas
Annamaria nos ha preparado un desayuno frugal. Al poco rato aparece Luca, que cumple al pie de la letra todos los estereotipos del italiano locuaz: no habla una palabra de español, pero aún así se hace entender en su atropellado discurso. Tras repasar las similitudes entre nuestros dos pueblos latinos (incluidas las calamidades políticas), entra en materia diciéndonos que no podemos marcharnos de allí sin visitar la Abadía de Santa Maria di Piona, situada unos kilómetros más arriba, también junto al lago… Nosotros ponemos cara de póquer ya que hoy tenemos un día bastante intenso, pero la insistencia de Luca y Annamaria nos disuaden de dejar pasar esta oportunidad.

Nuevamente volvemos a surcar las carreteras de Como, bordeando el lago hasta encontrar el desvío a la abadía de Santa Maria de Piona. El acceso es algo “delicado”, ya que en los últimos kilómetros el asfalto da paso a un piso adoquinado entre los cuales crece la hierba, y no quiero imaginar lo que hubiera sido circular por aquí con el suelo mojado, un festival de sustos y palabrotas, supongo…

El lugar está bastante solitario, en la abadía hay un coqueto claustro, y diversas paredes conservan restos de pinturas románicas, algunas de ellas representando inquietantes escenas de torturas en las que víctimas y verdugos tienen una surrealista cara de bondad. Uno de los frailes residentes de la abadía (Fra Pier) es un pintor expresionista que expone in situ sus coloridas obras.

Finalizada la visita, dejamos definitivamente atrás el lago de Como. Las montañas ganan altura a nuestro alrededor, aunque nosotros seguimos circulando por el valle, paralelos al río Adda. Dicho valle es largo (119 kilómetros), y en algunos tramos, sensiblemente ancho (66 kilómetros), más que suficiente para acoger ciudades, cultivos y vías de comunicación.

Nuestro destino para esta noche es Bormio, pero “forzaremos” un poco la ruta para enhebrar dos singulares pasos de montaña: El Mortirolo, o paso de Foppa, y el paso Gavia, referencias míticas para cicloturistas, y de tránsito obligado para el Giro d’Italia.

Empezamos la subida al Mortirolo. El reto para el ciclista no viene dado por una dureza extrema en sus rampas (ahora estoy pensando en el escalofriante 23% del Angliru), sino en la persistencia de la misma: no hay un miserable repechón en el que recuperar un poco de aire.

A media subida, encontramos una fuente y una generosa sombra a pie de carretera, así que extendemos nuestra manta de pic-nic, y damos cuenta de nuestras provisiones; así pretendemos que sean todos nuestros almuerzos del mediodía, con pan, algo para meterle dentro, frutos secos y mucha fruta. Esta autosuficiencia nos permite comer donde y cuando queramos… y también ahorramos unos eurillos, todo hay que decirlo.

Cerca de donde estamos hay un coche estacionado; es de cuatro excursionistas de mediana edad que aparecieron con sus mochilas justo cuando atacábamos el postre. Uno de ellos señala nuestra matrícula:

-“Spagnolo e italiano, latinos, mediterráneo, somos lo mismo!”-exclama. No es la primera vez (ni será la última) que oímos a un italiano declarar su afinidad entre los dos pueblos. Yo me quedo con las ganas de responderle que ya nos gustaría a nosotros ser tan buenos ligones de playa como ellos, en su lugar hemos compartido unas cuantas de las cerezas que nos estábamos zampando en aquel momento.

La cima del Mortirolo está invadida por decenas de moteros franceses locos por hacerse un selfie con el cartel que marca la coronación del puerto.

Si queremos hacer el paso Gavia, y llegar a una hora prudente a Bormio, no tenemos más remedio que desandar el camino (grrr), volver a la carretera general, y remontar unos kilómetros al Norte; es una contrariedad, porque aparte de repetir recorrido, nos priva de ver el monumento que hay en uno de los tornante de la cara norte del Mortirolo, en memoria de Marco Pantani. Esta montaña consagró al “pirata” como el mejor escalador de su generación en aquella memorable etapa del Giro’94 en que dejó atrás a Indurain, Ciapucci y a todos los que se le pusieron por delante. Pantani fue acusado de dopaje en 1999, caso que aún hoy se debate en los tribunales, pero eso ya no importa al ciclista italiano, muerto en 2004 de una presunta sobredosis de medicamentos. Y es precisamente ese adjetivo (“presunto”) el que más veces se utiliza en la biografía de Pantani, junto a palabras como “cocaína”, “mafia”, “apuestas ilegales” o “depresión”. Una vida controvertida que en todo caso no llega a ensombrecer al mito, como demuestran las estatuas, memoriales y recuerdos que se pueden encontrar en diversos rincones de Italia.

6-passo-di-gaviaEn Ponte di Legno está el desvío a Gavia, que conforme asciende nos brinda por vez primera los paisajes típicos de alta montaña: descarnadas paredes de roca gris, nieves perpetuas y lagos de aguas heladas; la carretera es estrecha, sin quitamiedos, y con el asfalto bastante deteriorado por los rigores de un invierno que mantiene este puerto inevitablemente cerrado.

En la cima de Gavia, el lago Bianco tiene parte de sus aguas congeladas. Es otro lugar inevitable de asociar al Giro, siendo “cima Coppi” (máxima altura de la carrera) en varias ocasiones; es especialmente recordada la etapa de 1988, cuando los corredores debieron atravesarlo en medio de una fuerte tempestad de nieve. Hay algunos vídeos en Youtube que dan fe de aquella dramática jornada en que muchos ciclistas debieron meterse en los coches de sus equipos para combatir la hipotermia.

La bajada por la cara norte nos deposita en Bormio, donde habíamos reservado hotel. Es una población coqueta, de poco más de 4.000 habitantes, y que ha acogido dos ediciones de la copa del mundo de esquí; quedamos un poco sorprendidos por la iglesia que hay en el centro del pueblo, de un estilo románico que recuerda fuertemente a las del pirenaico valle de Boí.

Stelvio
El valle de Valtelina acaba abruptamente frente a la pared del Stelvio; para superar el paso, empezamos a hilar los 36 tornanti que nos separan de la cima del segundo paso más alto de los Alpes -2.758 msnm-.

Pasados los primeros quince kilómetros de curvas, túneles cavados a pico y rampas, la carretera se suaviza, discurriendo por una pequeña “olla” natural que precede a la última subida, y en la que hay una pequeña ermita y un mausoleo con los restos de decenas de italianos muertos aquí durante la Primera Guerra Mundial; el entorno del Stelvio no siempre fue italiano, y este es un buen lugar para explicar sus orígenes…

En el siglo XIX, Lombardía formaba parte del imperio austrohúngaro; para superar su aislamiento, en el año 1820 se iniciaron las obras de la carretera del Stelvio, cuyo recorrido no ha cambiado prácticamente nada desde su inauguración; fue una titánica obra de ingeniería civil que tardó cinco años en ser completada.

La primera Guerra Mundial supuso un cambio geoestratégico en la zona; Italia ganó la Lombardía, y todo el Stelvio pasó a estar dentro de su territorio, perdiendo así su importancia estratégica. Aquellas batallas no fueron gratuitas, ya que supusieron una gran pérdida de vidas humanas, entre ellas la de los soldados que hoy reposan en el mausoleo que tenemos ante nosotros.

De nuevo en movimiento, los últimos metros de subida son de nieves perpetuas, y en el asfalto se cruzan decenas de arroyuelos. En la cima hay una serie de locales de restauración y venta de souvenirs. La tranquilidad mañanera del lugar está a punto de verse alterada por una numerosa caravana de tractores clásicos que están subiendo por la cara norte, y que al parecer tienen intención de detenerse a nuestra altura.

Antes de marcharnos, hacemos una breve caminata para remontar aún más el Stelvio, y tener mejor perspectiva de los cuarenta tornanti de la cara norte, los más agradecidos de retratar.

Los primeros tractores llegan a la cima; son unas preciosas máquinas de hace muchos años, con los conductores vestidos de época; algunos de ellos vienen cantando melodías tirolesas… Tal y como sospechábamos, empiezan a copar los espacios libres, así que nos largamos de allí antes de que se colapse todo.

Aún no habíamos metido la primera para salir, cuando observamos atónitos que el festival de concentraciones no ha hecho más que comenzar: en el mismo sentido que los tractores, están subiendo decenas, o más bien centenares de motocicletas “Puch”; a media bajada, hemos comprobado que no eran centenares, sino miles las motos “Puch” que subían trabajosamente la montaña… sin duda, un éxito organizativo sin precedentes, de hecho el que os escribe nunca había visto tantas motos de una misma marca juntas.

El Tirol y el "9" Alpino:Entre tractores y humeantes “Puch” de dos tiempos, nuestra circulación debía ser extremadamente prudente, ya que esos vejestorios se empeñaban en adelantarse entre ellos, y eso sin contar el tráfico “moderno” y los cicloturistas que libraban una batalla imposible de ganar frente a un inacabable tapón… Lo dicho, un caos memorable, pero caos a fin de cuentas, que nos tiró al arcén en más de una ocasión.

Dejamos atrás el Stelvio, no así la “serpiente” motociclista que de manera incansable continúa circulando en dirección contraria a la nuestra. Circulamos por la Val Venosta, italiana y no obstante germanohablante al 95 por ciento… Pero si de algo saben en este valle es del cultivo de manzanas, gracias a un microclima propicio para ello; nos las vendían por miles a pie de carretera, enteras y embotelladas en zumo. Por cierto, la Val Venosta ya es oficialmente “zona Tirol”, concretamente el Tirol del Sur.

Atravesamos Merano, coqueta ciudad que atesora una curiosa relación con el ajedrez, siendo sede de varios encuentros mundiales, y que incluso presta su nombre a una jugada ajedrecística (la “defensa Merano”), vista aquí por vez primera durante el campeonato de 1924.

Abandonamos temporalmente el valle para subir al Jaufenpass (en italiano, “monte Giovo”), divertida alternativa que une Merano y Vitipeno, y que además es el último paso alpino de Italia. La caravana de “Puch” ha tenido la misma idea con su propio recorrido: hace como una hora de reloj que los estamos “atravesando”, y seguimos sin ver el final de la comitiva. Algunos de los pilotos van disfrazados, ya sea de época, de Papá Noel o de lo que sea, lo que le da aún más exotismo al asunto.

A media subida, nos cruzamos con otro grupo, en este caso de Citroën clásicos; la cima del Jaufen está muy solicitada, por lo que nuestra parada es breve… A media bajada, encontramos un apartadero y una buena sombra en la que extender la manta picnic, y comer algo mientras seguimos observando el tráfico de “Puchs”: si esto no es de récord Guiness, poco le debe faltar.

Volvemos a las llanuras de la Val Pusteria, aún en la Italia germanohablante, pero encarados a la frontera austríaca, que poco después hemos rebasado sin mostrar pasaporte.

Nuestro alojamiento es un “B&B” en un pequeño pueblo llamado Strassen. Su propietaria es Maria, y nuestra estancia es, más que un apartamento, una pequeña vivienda dentro de su casa, con un precio ridículo para lo que ofrece. Estábamos un poco preocupados por nuestro desconocimiento absoluto del idioma alemán, pero Maria chapurrea inglés e italiano, así que de momento continuaremos sin morirnos de hambre…

…Y hablando de apetito, Strassen es tan pequeño que por no tener, no tiene ni restaurante; Maria nos indica que lo mejor es que retrocedamos unos kilómetros hasta Sillian, donde hay una “auténtica” pizzería regentada por una familia italiana; hemos cenado en estricto horario “europeo”, y además ha sido una buena excusa para estar a cubierto mientras caía un sorpresivo chaparrón. Más tarde, en las afueras, nos hemos detenido frente a uno de tantos puentes cubiertos de madera que hay en el país; el que tenemos ante nosotros está impecablemente conservado, y en su interior hay un Jesucristo y una virgen María casi del tamaño de una persona.

10b-grossglocknerGrossglockner, Salzburgo
Recién levantados, nos desperezamos en la terraza, frente a la impresionante panorámica del valle Puster; las lluvias vinieron, descargaron y se marcharon durante la noche. Tenemos un punto de melancolía, ya que este apartamento es tan bueno, que utilizarlo tan sólo para dormir una noche nos parece un poco escandaloso. La aparición de María haciendo equilibrios con cruasanes recién horneados y café no contribuyó precisamente a atemperar nuestra nostalgia; pero así es el planteamiento de nuestro viaje, un movimiento continuo y atrapar las sensaciones al vuelo…

María se despide de nosotros sugiriéndonos una ruta alternativa a la carretera del valle, infinitamente más interesante en sensaciones: una vía vecinal, asfaltada, que trepa montaña arriba y que nos promete una perspectiva inmejorable de la zona. Dicho y hecho, a los pocos kilómetros tomamos el desvío a las montañas ignorando las exclamaciones del GPS, que nos preguntaba adónde coño íbamos. Es domingo, y los vecinos de las pequeñas aldeas van a la misa matinal. En algunos tramos, el asfalto llega incluso a desaparecer, y definitivamente éste es nuestro primer contacto con el Tirol idealizado, el de verdes praderas, casas de madera envejecida y olor a naturaleza fresca.

Más allá de Lienz, encontramos el desvío a la carretera más famosa del país: la Grossglockner, vía alpina de peaje, con un desnivel positivo de 1.500 metros, ahí es nada.

Nada más pasar las casetas de peaje (25 euros para las motos), empieza a caer una fina lluvia, lo cual es un molesto contratiempo, no por el agua en sí, sino porque las nubes nos impedirán ver el impresionante paisaje que nos rodea.

Medio de casualidad, entre la niebla, la lluvia y el frío cada vez más intenso, hemos llegado hasta la estación panorámica del “Kaiser” Franz-Josefs-Höhe, un ramal sin continuidad que nos pone ante la mole del pico Grossglockner, el más alto de Austria… o más bien nos pondría si las nubes se abrieran ni que fuera un poquito. A su derecha está el glaciar “Pasterze”, una lengua de hielo de nueve kilómetros, igualmente invisible. Bastante frustrados, nos metemos en la tienda de souvenirs para matar el rato, entrar en calor, y de paso escandalizarnos por los precios de los productos expuestos.

Saliendo de la tienda, tenemos una feliz sorpresa: el cielo se abre por momentos, y finalmente tenemos ante nosotros el espectáculo natural que habíamos estado a punto de perdernos.

Continuamos avanzando; el túnel de Hochtor es el punto más elevado de toda la Grossglockner, con sus 2.505 metros sobre el nivel del mar en la boca norte. También es la frontera natural entre las provincias de Corintia y Salzburgo.

Durante la prolongada bajada, hacemos algunas paradas contemplativas; Isabel retrata flores y yo… bueno, yo todo lo demás. Algunas máquinas quitanieves están en los márgenes de la carretera, preparadas para actuar incluso en estas fechas; tan sólo permanece abierta durante los tres meses de verano, y en horario diurno.

Llegamos a los alrededores de Salzburgo, nuestro hotel está en la periferia; un gigantesco mastín está tirado en el porche, y nos da la bienvenida con una poco disimulada ventosidad. La señora de la recepción cuida mucho más las formas a la hora de saludar, y me indica la leñera donde puedo guarecer la moto de la fina lluvia que volvía a caer.

Aún queda tarde para hacer una primera toma de contacto con el centro de Salzburgo; es la cuarta ciudad de Austria, con 150.000 habitantes, y lugar de nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, al que le bastaron 35 años de vida para convertirse en uno de los músicos más influyentes de la historia. También son hijos de Salzburgo el exmilitar y recordman de salto estratosférico Félix Baumgartner, y el piloto de Fórmula 1 Roland Ratzenberger, fallecido en 1994 durante los entrenamientos del GP de San Marino. Al día siguiente, durante la carrera, murió Ayrton Senna; el piloto brasileño llevaba en su monoplaza una bandera austriaca, pretendía homenajear a Ratzenberger al finalizar la prueba.

El club de fútbol de la ciudad, antiguamente conocido como Austria Salzburgo, fue comprado en 2005 por la empresa Red Bull, cuya planta embotelladora está muy cerca de aquí; lo primero que hicieron con el club fue cambiarle el nombre, y ahora es el “Red Bull Salzburg”. Lo entrena el exjugador del Barça Óscar García Junyent.

Nos hemos acercado hasta una parada de autobús urbano que, con una puntualidad maniática, nos ha depositado en el centro de la ciudad. Salzburgo está partida en dos por el río Salzach, que baja con un caudal inusualmente elevado. Nos dirigimos a la Mozartplatz, donde está la oficina de turismo; una vez allí, aparte de procurarnos un mapa urbano, hemos contratado para el día siguiente una excursión al Kehlsteinhaus, el “nido del Águila” de Adolf Hitler.

El Tirol y el "9" Alpino: Casa de MozartBajo la estatua de Mozart nunca faltan músicos callejeros. Todo el centro histórico es Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO desde 1996.

En la catedral se conserva la impresionante pila bautismal de hierro del siglo XIV, en la que Mozart fue bautizado: tanto da dónde vayas en Salzburgo, el compositor austriaco es omnipresente.

Pero la ciudad tiene otro referente más contemporáneo y “cinematográfico”: Aquí se rodó, en 1965, la película The Sound of music, traducida en España con el horroroso título de “Sonrisas y lágrimas”. Ganadora de cinco premios Oscar, narra en clave musical la enésima versión de cenicienta-conoce-príncipe azul. Aún hoy, miles las personas buscan en Salzburgo los escenarios naturales de aquella superproducción.

Por supuesto, sería “pecaminoso” no detenernos ante la casa natal de Mozart, reconvertida en museo; está al otro lado del río, que franqueamos por un puente peatonal plagado de candados que cierran amores sin aparente fecha de caducidad.

El “nido del Águila”
Hoy celebramos nuestro “día sin moto”. En viajes de cierta duración, esta es la jornada en que nuestros culos tienen la oportunidad de recuperar su redondez. El día anterior habíamos comprado billetes para visitar Kehlsteinhaus, la “casa de té” de Adolf Hitler; la Kehlsteinhaus forma parte de un gran complejo rural llamado “Obersalzberg”, residencia de verano del dictador alemán, y también de otros cabecillas del movimiento nacionalsocialista como Hermann Göring y Martin Bormann.

El Obersalzberg está en el pueblo alemán de Berchstegaden, muy próximo a la frontera austríaca, y el lugar donde Hitler se hizo la práctica totalidad de sus retratos en contacto con la naturaleza; dichos retratos formaban parte de la propaganda del dictador, que de esta manera “suavizaba” su habitual perfil militar.

En mayo de 1945, la aviación aliada bombardeó el Obersalzberg, cebándose especialmente en la casa de Hitler; no obstante, “indultaron” la Kehlsteinhaus, que ha mantenido su impecable estado, e incluso su interiorismo, hasta nuestros días.

Nos piden “puntualidad alemana” para estar de buena mañana en la salzburguesa Rainerstrasse, lugar del que partían los autobuses a Berchtesgaden. Esta excursión supondrá la pérdida de nuestro libre albedrío como viajeros, y deberemos someternos al horario que nos marque nuestro guía; el grupo es bastante heterogéneo, abundando los norteamericanos. No hay paisanos a la vista, lo más parecido es una pareja de portugueses que no parecen saber muy bien qué diablos están haciendo aquí.

Durante el breve viaje hasta Berchstegaden (unos treinta kilómetros), el guía nos pone al día de la historia del Obersalzberg, que ya desde el siglo XIX era lugar deseado por la burguesía de la época gracias a su balneario de aguas terapéuticas. Hitler no fue ajeno a la atracción del entorno, y en 1928 alquiló una casa (el Berghof), que poco después compró gracias a los beneficios de su libro “Mein Kampf”. El resto de la historia ya está explicado.

El autocar entra en el complejo Obersalzberg. Para hacer el último tramo hasta la Kehlsteinhaus es necesario tomar un autobús-lanzadera que remonta una estrechísima carretera, construida en 1938 en un tiempo récord de trece meses. No hay alternativa a estos autobuses, salvo caminar, claro está.

Mientras esperábamos nuestro turno para subir al autobús, nuestro guía nos abordó para pedirnos un favor: en otro autocar que está a punto de llegar vienen dos turistas españoles que van bastante atascados en la cuestión del idioma, y nos pide si podemos hacerles de “intérpretes”, y sobre todo, evitar que se queden en lo alto de la Kehlsteinhaus a la hora estipulada para volver… Así fue como conocimos a Merche e Iraitz, madre e hijo y viajeros empedernidos.

El bus-lanzadera nos deja a unos 150 metros de la cima; para acceder definitivamente a la Kehlsteinhaus deberemos tomar un ascensor que sube por las entrañas de la montaña, y que nos deposita directamente en el vestíbulo de la casa, por cierto “reciclada” en restaurante… Las mesas de los comensales cohabitan junto a la gran chimenea de mármol rojo, regalada en su día por Benito Mussolini.

El Tirol y el "9" Alpino: el "nido del Águila"En 1938, el embajador francés en Alemania, André-François Poncet, se entrevistó aquí con Adolf Hitler; tras su visita, bautizó a este lugar como el “nido del Águila”, calificativo con el que es conocido desde entonces.

Las nubes del cielo se rompen, permitiéndonos ver el privilegiado entorno del lugar; destaca el monte Watzmann, la tercera montaña más alta de Alemania.

Más tarde, damos por finalizada la visita, y tras una breve parada en Berchstesgaden, volvemos a Salzburgo.

Iraitz y Merche nos llevan a la Augustiner Bräu, la cervecería más grande, y una de las más antiguas, de Austria. Por fuera, tiene el aspecto de un convento, y de hecho esa fue su función desde el siglo XVII, cuando unos monjes agustinos se consagraban a la oración y la elaboración de su propia cerveza. Hoy el lugar está completamente “desacralizado” y ocupado por chiringuitos de comida rápida tradicional, que por supuesto se digieren con cerveza servida en jarras de cerámica.

Dos rondas después, nos despedimos de nuestros nuevos amigos vascos deseándonos buena suerte; tenemos toda la tarde por delante, y la necesidad de procesar varios decilitros de cerveza, así que nos hemos ido a caminar por la montaña de Kapuzinerberg, un gigantesco parque urbano con las mejores panorámicas de la ciudad, coronado por el castillo más grande de Centroeuropa.

La noche se nos ha echado encima paseando por las calles del casco antiguo, y hemos cenado Wiener Schnitzel, ese humilde escalope empanado que es símbolo culinario del país.

Cascadas Krimml. Innsbruck
Las nubes se han retirado durante la noche, por lo que aprovechamos para desayunar en la terraza del hotel; tenemos a la vista el cobertizo-leñera en el que la moto también ha tenido su merecido descanso, en breve volveremos a estar cabalgando en ella.

Abandonamos Salzburgo por una carretera secundaria (tenemos “vetada” la autopista por no haber comprado la preceptiva viñeta), y pocos kilómetros más adelante entramos nuevamente en Alemania. Nuestro periplo alemán será breve, ya que nos limitaremos a atravesar el “apéndice” en el que se encuentra el parque nacional de Berchstegaden.

En lo que se tarda en decir “Alemania”, ya estábamos otra vez en Austria, las alturas tirolesas y el discreto encanto de la opulencia, reflejado en poblaciones como Sainkt Johann in Tirol o Kitzbühel; en esta última hicimos una breve parada, comprobando que la mayoría de tiendas no aceptan clientes que hagan aspavientos ante precios de tres dígitos.

Más al sur, la carretera se vuelve sorpresivamente divertida, con curvas que invitan a jugar con las fuerzas centrífuga y centrípeta; en la bajada del paso Thurn, un mirador nos pone frente al valle del parque natural de Hohe Tauern, y que transitaremos en pocos minutos ya que allí es donde están las cataratas Krimml.

El Tirol y el "9" Alpino: cascadas KrimmlCon sus 380 metros de caída absoluta, son las cataratas más grandes de Austria; los motoristas lo tenemos muy fácil para visitarlas, ya que el aparcamiento es gratuito, y hay unas prácticas taquillas en las que podemos dejar cascos, chaquetas, y todo lo que sea un engorro para el “paseo” que nos espera.

Justo bajo la cascada, el trabajo es poder captar imágenes manteniendo el material fotográfico a salvo del diluvio de gotas pulverizadas… Hay muchos visitantes, las Krimml son un espectáculo en estos meses de caudal máximo.

De vuelta a la moto, y aprovechando que estamos aparcados en una sombra, hemos almorzado pan con unas salchichas ahumadas que nos traen locos por su sabor; desde nuestra posición vemos la carretera, que a partir de este punto tiene denominación propia (“Gerlos Alpenstrasse”)… y garita de peaje, que afortunadamente no llega a las hirientes tarifas de la Grossglockner.

La Gerlostrasse nos saca del valle Hohe Tauern, para meternos en el de Zillertal, aún más ancho que el precedente. Junto a la carretera corre el río Ziller, y también la vía férrea.

Al final del valle, nos espera el lago Achensee, que con sus nueve kilómetros de longitud es el más extenso de todo el Tirol. Pero lo que a mí más me gustó del lugar fue el Achenseebahn, el primer tren cremallera que se construyó en Europa, y que hoy, igual que en el siglo XIX, sigue propulsándose a vapor.

A media tarde, hemos llegado a las inmediaciones de Innsbruck. Nuestro hotel está en la periferia, y debo reconocer que el GPS nos ha salvado de dar tumbos como una peonza durante vete a saber cuánto tiempo, ya que el hotel está realmente muy a las afueras. En el “hall” nos recibe un perro carlino, está echándose una siesta en medio del paso. Isabel prueba de festejar con él, pero el bicho tiene otros planes: se sube a uno de los sofás del salón y, con un hábil golpe de pata, pone un cojín en posición de acomodarse en él, y seguir con esa siesta que diría le ocupa la mayor parte del día.

La recepcionista nos confirma que frente al hotel hay una parada de bus que nos lleva al centro de Innsbruck; tras cumplir con el ritual de todas las tardes (limpiar la visera de los cascos y poner a cargar los intercomunicadores), hemos cogido el autobús del centro, que para variar, ha llegado con una puntualidad maniática.

Innsbruck es la capital del Tirol. Cuenta con 120.000 habitantes, y nos da la misma primera impresión que Salzburgo: todo ordenado, tranquilo, con poco tráfico de coches, muchas bicicletas, e incluso tranvías. El momento perfecto se rompió cuando un ciclista le hizo un feo a un taxi: la mujer que lo conducía explotó en improperios, y es que hasta el más civilizado de los europeos tiene su punto crítico de ebullición interna.

Las altísimas montañas que nos rodean empequeñecen la ciudad, y nos recuerdan que la auténtica “temporada alta” es en invierno, cuando abren las estaciones de esquí. En Innsbruck se han celebrado dos ediciones de los juegos olímpicos de invierno, en 1964 y 1976.

El imponente -aunque fácilmente abarcable- casco histórico nos rememora la importancia de la ciudad desde tiempos medievales. Más contemporánea es la tienda de lujo Swarovski (la fábrica matriz está en Watten, a pocos kilómetros de aquí), en la que se pueden observar excentricidades como una escalera de diamantes, y todo tipo de artículos cotidianos ensalzados a lo exclusivo gracias a la incrustación del preciado mineral.

El autobús que nos devolvió al hotel, al igual que todos los que vimos, llevan unos herrajes en la parte posterior para colgar bicicletas.

Valle-ZillertalHeididorf
Abandonamos Innsbruck siempre hacia el Oeste, rodando plácidamente por un valle que encauza el río Eno, el ferrocarril, la autopista y la propia carretera por la que estamos circulando. El paisaje de fondo continúa siendo un manto continuo de verde, vacas, cumbres de nieves perpetuas y pueblos de arquitectura tradicional: hace ya tantos kilómetros que dura la belleza, que la hemos normalizado. Un restaurante a pie de carretera “decorado” con chatarra que un día fueron coches americanos del siglo pasado nos hace detenernos un rato; encaro la SuperTen a un gigantesco “Peterbilt” de los años 80, y la gran trail se empequeñece hasta parecer un scooter urbano.

Estamos a punto de salir de Austria, así que repostamos a tope (la gasolina es barata, a un precio “español”), y atravesamos la frontera de Liechtenstein. El pequeño país está fuera de la Unión Europea, pero aplica el libre tránsito igual que cualquiera de ellos. Es un “paraíso fiscal”, y gracias a ello sobrevive económicamente. No tiene moneda propia ni ejército, su cuerpo policial está compuesto por cien agentes… Y en lo que he tardado en describirlo, ya lo hemos atravesado, entrando en Suiza por una carretera local que une Balders y Maienfeld, nuestro final de etapa. A pocos kilómetros de la frontera hay un cuartel del Ejército suizo, y la carretera lo atraviesa por la mitad.

En Suiza todo es muy caro, incluido el alojamiento; en Maienfeld, hemos contratado una sencilla habitación en un hostal que hay junto a la estación de tren. Aún así, pagaremos casi 100 francos suizos por la pernocta. Hemos llegado inusualmente temprano, a mediodía, pero tenemos una buena razón para ello: en Maienfeld está “Heididorf”, una especie de parque temático donde se recrea el universo de Heidi, personaje creado por la escritora Johanna Spyri, y cuya primera novela empieza así:

“Desde la risueña y antigua ciudad de Dörfli parte un sendero que, entre verdes campos y tupidos bosques, llega hasta el pie de los Alpes majestuosos, que dominan aquella parte del valle. Desde allí, el sendero empieza a subir hasta la cima de las montañas a través de prados de pastos y olorosas hierbas que abundan en tan elevadas tierras”.

… Y vaya si subiremos el sendero: la “casa de Heidi” está a media hora a pie, un agradable paseo entre hectáreas de viñedos. Por cierto, “Dörfli” es el nombre que Johanna Spyri se inventó para camuflar a Maienfeld.

Un rato de trabajosa subida después, llegamos a Heididorf. Un grupo de japoneses (¡siempre japoneses!) pululan alrededor de la casa-museo que también alberga la oficina de correos más pequeña de Suiza. A pocos metros de allí, están las casas de Heidi y del abuelo, recreadas hasta el mínimo detalle.

El museo es pequeño, pero suficiente para tomar conciencia de la dimensión mundial del “fenómeno Heidi”, traducido a múltiples idiomas y fuente de cómics, películas… y esa serie japonesa que todos los de mi quinta tenemos en mente.

En Heididorf arranca un camino (el “Heidi Weg”), que lleva a una versión mejorada y mucho menos masificada de la casa de Heidi, pero es un sendero que requiere tiempo (2 horas) y fondo (es una subida constante): decidimos darnos por satisfechos con lo ya visto.

De vuelta a Maienfeld, nos esperaba una grata sorpresa: están celebrando algo así como unas fiestas locales, con música tradicional, jóvenes arrastrando cencerros gigantes (¿?), y unos discursos protocolarios que nosotros reíamos y aplaudíamos al ritmo de los demás para disimular que no entendíamos ni una palabra de alemán.

Durante la noche, mi sueño se vio interrumpido en un par de ocasiones por ruidos procedentes de la cercana estación ferroviaria, trenes-fantasma que pasaban sin luces y a toda máquina, rumbo a alguna historia de misterio basada en hechos reales (continuará…).

Para Motoviajeros, Manel Kaizen.-

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar.
Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro “Amazigh, en moto hasta el desierto” (Ed. Celya, 2016).

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