La Alpujarra en moto La Alpujarra en moto
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La Alpujarra en moto. Puerto de La Ragua.

A la Alpujarra hay que ir por su incombustible historia. Y por su naturaleza extasiante. Y por su deliciosa gastronomía. Y por su atmósfera bohemia y montaraz. Sí, por todo ello hay que sumergirse en esta franja de la Andalucía más bella. Pero, sobre todo, por sus gentes. Por la sonrisa de sus gentes. Una sonrisa que se extiende desde los pueblos orientales cobijados por el puerto de La Ragua (2.000 m) hasta el Valle de Lecrín.

La Alpujarra es ella entera una sonrisa congelada en el tiempo. Un paseo por las nubes y un canto inspirador para el viajero. En sus dominios se levanta imperial el Mulhacén, techo de la Península Ibérica con sus 3.478 metros sobre el nivel de un mar que brilla azul como el pecho de un barco durmiente, a poco más de 30 kilómetros al sur. Junto al Veleta (3.395 m) son las cumbres más significativas del Parque Natural de Sierra Nevada. Tan solo los imponentes Alpes presentan mayor altitud en la Europa occidental que este macizo perteneciente a los sistemas Penibéticos. Es Reserva de la Biosfera por la Unesco y ha atrapado en sus entrañas a poetas, pintores, músicos y amantes de una naturaleza que, aquí, se presenta colorida y simbiótica. Las casas encaladas, blancas como novias, jalonan los más de medio centenar de pueblos que aparecen diseminados desde la parte almeriense hasta los límites de la comarca granadina. Sus nombres, que parecen sacados de un poemario olvidado de Tolkien, nos evocan imágenes hechizantes, como las del barranco de Poqueira: Pampaneira, Bubión y Capileira, unas poblaciones que trepan por la montaña intentando salvar los enormes tajos que los torrentes de agua han tallado durante miles de años.

Precisamente uno de ellos, el formado por el cauce ferruginoso del Guadalfeo, secciona longitudinalmente la Alpujarra, formando dos partes claramente diferenciadas. Así, las hileras montañosas se suceden con los valles, jugando al escondite unos y otros. Nuestra carretera principal será la A-4130, que parte de Laroles hasta Trevélez (el segundo pueblo más alto de España). Después, las alternativas y escapadas se suceden en virtud del tiempo del que disponga el viajero. Pero no debe faltar una visita a Órgiva, Lanjarón o… de manera más escondida, los preciosos y escondidos pueblos de la “taha de Pitres” (la taha es una división administrativa de origen nazarí). También ocultos del turista permanecen las poblaciones de Nieles y Cástaras.

La Alpujarra en moto. Castillo de La Calahorra.

Nuestro viaje por la Alpujarra granadina comienza al otro lado del macizo, frente a un castillo que domina majestuoso el marquesado del Zenete. Una fortaleza que conserva a la perfección su porte rocoso 500 años después de su construcción (1509). Con su estilo renacentista italiano y sus inconfundibles torres, nos sirve de punto de partida para acometer las primeras rampas de un paso montañoso espectacular, el puerto de La Ragua. Conviene andar despierto en algunos tramos de su cara norte, pues el asfalto en ocasiones aparece suelto y sin agarre; la carretera es sinuosa y estrecha, pero a medida que ganamos altura nos ofrece unas vistas aéreas que se pierden en el infinito. Sus bosques, de aspecto mediterráneo unas veces; alpinos otras, albergan en su interior grupos de cabras montesas que parecen no asustarse con el sonido de nuestras motos, que escalan hasta alcanzar el rótulo indicativo que reza la redonda cifra de 2.000 m. Estos animales han prosperado al no tener depredador en el Parque Natural y contar con medidas de protección que han garantizado su conservación. El descenso, más rápido y de curvas más abiertas, nos conduce hasta Laroles en una sucesión de espectaculares curvas que, poco a poco, van estrechando su radio de giro conforme llegamos a los primeros pueblos que nos dan la bienvenida.

La carretera es puro deleite, y pasamos de estar encerrados entre arboledas a disfrutar de panorámicas donde vemos retorcerse nuestro camino, en continuas subidas y bajadas de nivel. Una de las particularidades de La Alpujarra es la gran cantidad de especies endémicas presentes en el macizo: su flora es abundante y responde a un microclima particular. Es un tesoro botánico al que podemos acceder fácilmente con nuestras motos. Un ecosistema de alta montaña mediterránea que, en primavera, se llena de color. El amarillo de las gayombas lo inunda todo. La vegetación de porte arbóreo predomina en las zonas menos elevadas: castañares, encinares y robledales autóctonos; en la parte alta de Sierra Nevada hay una flora endémica que evolucionó desde épocas glaciares.

La A-4130, fiel aliada, va guiando nuestros pasos a través de pueblos como Mairena, Mecina Alfahar, Válor, Yegen y Mecina Bombarón. Poco después conviene estar atentos y, en una de las curvas de este intestino de alquitrán, desviarnos a la izquierda por la A-4127, que se desliza hacia el sur haciendo trenzas. Las carreteras de la Alpujarra, en general, tienen buen asfalto. Se puede ir rápido. Pero se debe ir lento. Por muchas razones; por seguridad, obviamente, pero también por disfrute y mimetismo con la atmósfera de paz y sosiego que aquí se respira.

La Alpujarra en moto. Alquería de Morayma.

La oferta de servicios de la zona es cada vez más amplia; pero entre toda ella destaca un lugar de ensueño. Un oasis de sombra y agua donde aún es posible disfrutar de cada instante, de cada cielo estrellado, de cada respiración y de cada silencio. Es la Alquería de Morayma, un hotel integrado en una finca agroforestal de cultivos ecológicos. Ubicado a 3,7 kilómetros al sur de Cádiar (en la preciosa carretera A-348 que conecta con Torvizcón), es un pequeño mundo de casitas encaladas, repartidas entre calles, tinaos y plazas. Su piscina ofrece una refrescante escapatoria a los calores estivales, y en los fogones de su restaurante se preparan cada día auténticas delicias. Bien dentro de su bar-comedor, bien en la terraza donde se escuchan los sonidos de esta finca de 40 hectáreas, el yantar se transforma en un placer de tintes casi nirvánicos. Apuntad bien la ubicación de esta cortijada, pues no debe faltar en nuestra hoja de ruta.

Continuamos nuestro encuentro con la Alpujarra recuperando la línea matriz de nuestra ruta. Para ello ascendemos hasta Bérchules. Allí hemos quedado con Jesús Espinosa, guía de montaña y fundador de Nevadensis, una empresa de turismo activo creada en 1990 que ofrece actividades de senderismo, excursiones, ascensiones y travesías de esquí, descenso de barrancos y otras propuestas de multiaventura. El todoterreno de Jesús sirve de lazarillo para nuestras motos, que se adentran desde Juviles a través de una pista asfaltada que enlaza con la A-4128. Después de un primer tramo algo abandonado en su firme, la carretera, siempre estrecha, mejora para ofrecernos unos parajes repletos de frutales, farallones de roca y amplias panorámicas. Y allí, encaramado a un terreno vertical, después de atravesar la aldea de Nieles, aparece Cástaras, cuyo sobrenombre de “vergel dormido entre piedra y agua” le hace plena justicia. Los caños de agua fresca y cristalina se mezclan con los lavaderos donde hasta no hace mucho aún se hacía la colada. Tras la Reconquista, esta población de origen árabe pasó a manos cristianas. A mediados del siglo XVI tuvo lugar la rebelión de Las Alpujarras, por lo que los moriscos sublevados fueron expulsados del municipio. Años más tarde, fue repoblado con colonos de otras regiones; hoy en día, el pueblo ha quedado reducido muy drásticamente en el número de habitantes censados, toda vez que las importantes minas de hierro de El Conjuro dejaron de ser explotadas.

Siguiendo el curso de nuestra ruta retomamos la A-4130 en busca de Trevélez. Pero antes, la antigua carretera –cortada al tráfico- nos brinda unas vistas de infarto. Existe un pequeño apartadero donde ubicar nuestras motos. En apenas 50 metros estaremos asomándonos sobre un abismo desde el que divisamos Busquístar, Pórtugos, Pitres, Mecinilla, Mecina-Fondales y dos más que aparecen poco después: Ferreirola y Atalbéitar. También podemos apreciar perfectamente las carihuelas, unos primitivos senderos que serpentean por la escarpada para comunicar un pueblo con otro, con el objetivo de posibilitar el tránsito de los animales de carga entre los valles y collados que unen esta singular y abrupta orografía.

La Alpujarra en moto. Barranco de Poqueira.

Ya en Trevélez, uno de los municipios más altos de toda la Península Ibérica (1.476 m), se hace completamente indispensable dejarnos seducir por los encantos de su afamado jamón ibérico. El pueblo, encajado en las laderas del Mulhacén, disfruta de un microclima único, que propicia unas condiciones excepcionales que posibilitan la excelente curación de jamones completamente natural y artesanal. La reina Isabel II otorgó a la población un sello de calidad en 1862, reconociendo con tan distinguido privilegio la altísima calidad de los jamones de Trevélez. Algo que comprobamos al visitar uno de los secaderos de Antonio Álvarez, una empresa familiar que cuando se fundó, en 1960, comercializaba 150 piezas al año. En la actualidad supera las 120.000.

Gracias a la cata gastronómica ofrecida por esta firma jamonera, pudimos comprobar las bondades de sus productos certificados con IGP (Indicación Geográfica Protegida); tanto en lo referido a la joya de la corona, el ibérico de bellota, como a otras variantes seleccionadas. La ausencia de conservantes y los bajos niveles de grasas y sal, unido a un período de maduración natural que llega incluso a superar los 24 meses, hacen de este jamón un alimento extraordinariamente saludable y organoléptico. Para todos aquellos que quieran llevarse un “buen sabor de boca” de la visita a Trevélez, Antonio Álvarez dispone de una tienda con sus productos. En nuestro caso, cargamos con unos estuches envasados al vacío de rico jamón y también un queso curado que posteriormente se demostró absolutamente espectacular. No somos los primeros ni seremos los últimos moteros que hacemos hueco en el topcase para tal fin. ¡Qué rico!

Hablando de comida… ¿Cómo no mencionar al celebérrimo plato alpujarreño? Huevos y patatas fritas, pimientos, morcilla, longaniza… no hay paladar que se resista ante semejante tentación. Y ya lo decía Oscar Wilde: la única manera de librarse de una tentación es caer en ella. El restaurante “La Fragua”, en Trevélez, es un buen lugar para rendirse a la gastronomía tradicional, con unas recetas que incluyen platos vegetarianos.

Reemprendemos la marcha rumbo al conjunto de pueblos más pintorescos de toda la Alpujarra Alta: Pampaneira, Bubión y Capileira, el de mayor altitud; las vistas de los crestones más elevados de Sierra Nevada son imponentes. Pero antes nos detenemos en un enclave de obligada parada: los manantiales de Fuente Agria, en Pórtugos; las aguas contienen alto contenido en hierro, muy gasificada, con mucho carbonato. Aunque es potable –pero no válida para su envasado o embotellado- y se le atribuyen cualidades saludables e incluso prodigiosas, su sabor recuerda al agua con gas y saca más de una mueca de amargura constreñida. Los caños están pegados a la ermita de la Virgen de las Angustias -acertada advocación-. Apenas unos metros bajo la carretera, a la sombra de unos gigantescos castaños, una escalinata empedrada nos sitúa en un decorado casi irreal. El chorreón se transforma en cascada y adquiere un color anaranjado asombroso. Las paredes, cubiertas de yedras, helechos y musgos empapados con hilos líquidos que caen por todos lados, se transforman en barro ocre y rojizo. Es un viaje fugaz a un lugar imaginario… que en realidad sí existe.

La Alpujarra en moto. Fuente Agria (Pórtugos).

Todo en estos parajes rescata la herencia de la cultura árabe. Es tierra de aventureros y ha servido de inspiración a muchos literatos y pensadores. Hoy en día se entremezclan modernos SUV y jóvenes con rastas tarareando No woman no cry. Es otro de los grandes encantos de la vertiente sur de Sierra Nevada, una especie de santuario para los hippies y que incluso cuenta con un centro de budismo de retiro tibetano.

La arquitectura alpujarreña, de cal y luz, utiliza materiales de la zona. La roca y la madera de castaño juegan un importante papel en las construcciones de estos pueblos de montaña. Históricamente, se han basado en dos condicionantes: hay que construir sobre la pendiente del terreno y hay que utilizar los materiales que hay en la zona, creando fuertes y gruesos muros que garanticen solidez y aislamiento. Tales circunstancias se han resuelto sin problemas: inicialmente, se levanta un primer muro vertical y posteriormente se traza una horizontal a la pendiente; los diferentes niveles se aprecian a la perfección y permiten la edificación escalonada salvando la pendiente; en algunos casos, se techa la calle –o la propiedad inferior-, ganándose así un espacio más para la vivienda. Son los llamados tinaos alpujarreños, una ingeniosa solución que permite un máximo aprovechamiento de los espacios y que, además, crea pasajes de sombra que reducen la temperatura en los calurosos días de verano. El ejemplo más notable es el denominado barrio de “la moralea”, en Pampaneira.

Las casas blancas con tejado plano y chimenea de sombrerillo son un rasgo distintivo de estos pueblos con vistas al pico Veleta. Entre los tres, apenas alcanzan el millar y medio de habitantes.

Proseguimos nuestra ruta en dirección a Soportújar y Carataunas, que aunque nos recuerde a algún nombre lituano, tiene origen árabe –como no podía ser de otro modo-. Ha sufrido etapas de esplendor y también episodios de despoblación. Es el municipio más pequeño de la comarca, y su nombre es sinónimo de tranquilidad. Formó parte del Señorío de Órgiva y fue Felipe II quien le concedió el título de villa. Y hasta Órgiva, precisamente, llegamos con nuestras monturas.

Bien como entrada, bien como salida de la Alpujarra granadina, es imprescindible hablar del Hotel y Mesón-Restaurante Puerta Nazarí. Su cercanía con Granada, Sierra Nevada y la Costa Tropical hacen de él un alojamiento con una ubicación estratégica. Cuenta con 21 habitaciones y una junior suite; todas ellas equipadas con todos los servicios y comodidades. Unas instalaciones que no pueden entenderse sin el carácter formidable de sus propietarios, Manuel Álvarez y Eva María Martín, dos jóvenes emprendedores que ponen todo su buen hacer y entusiasmo al servicio del viajero. El mundo necesita más gente así. Por su extraordinaria profesionalidad, su exquisito cuidado ante el más mínimo detalle… pero también por su amabilidad y sus sonrisas. Una vez más. Esta tierra atrapa por las sonrisas de sus gentes. Un detalle: la carta con los platos y sugerencias de la casa incluye un texto de Agustín Torralba, escritor orgiveño, elocuente en sí mismo.“Has de saber que, antes que tú, antiguas culturas ya sintieron una enorme fascinación por estas tierras. El valle que divisas, sin ir más lejos, fue colonia griega conocida como Exoche. En otro tiempo estuvo sembrado de moreras que luego fueron taladas y sustituidas por el árbol que hoy más y mejor nos define: el olivo. Si tienes a bien pasear por el valle, por el intrincado laberinto de senderos que lo horadan, podrás ver todavía las esculturas fascinantes y retorcidas de sus troncos centenarios y hasta milenarios tallados a golpe de viento, lluvia y tiempo. Cortijos dispersos, cuatro ríos, la vega de olivar y naranjo, Sierra de Lújar al sur; barrera natural entre nosotros y el Mediterráneo; Sierra Nevada al norte, con sus nieves perpetuas; y las torres de nuestra iglesia, erguidas como altivos centinelas, te acompañarán en tu paseo (…) Pregunta, pregunta a quienes te hospedan, ellos sabrán decirte y hacer que tu viaje a la Alpujarra se convierta en una voz interior que te llama. Parte con nuestros mejores deseos… Y vuelve, vuelve siempre viajero”. ¿Volver? Dan ganas de no marcharse jamás. Porque cuando pruebas la calidad de los platos que el Puerta Nazarí aborda, te das cuenta de que estás en el lugar acertado. Y otra cosa, ¿acaso es cosa baladí el buen descanso tras una jornada de moto? No, ¿verdad? Pues los colchones y almohadas de este hotel son billete directo a la sala de reuniones de Morfeo. ¡Qué maravilla! No es extremo casual, pues cuando Manolo y Eva asumieron estas emblemáticas instalaciones, cambiaron todo el mobiliario y los enseres de cama para garantizar el mejor servicio a sus huéspedes. Y a fe que lo han conseguido. Hoy en día, su hotel y la cocina de su restaurante son toda una referencia. Comida casera, con especialidad en carnes a la brasa y materia prima de primerísima calidad, son el santo y seña de sus fogones y su horno de leña. Y la sonrisa de su equipo. Una vez más. Dan ganas de no marcharse jamás, ¿lo hemos dicho ya?

Conviene no abandonar el pueblo sin visitar la Biblioteca Pública “Hurtado de Mendoza”, donde se encuentra el Aula Cervantina “Agustín Martín Zaragoza”. En la sala se exponen en vitrinas, armarios, mesas y estanterías una colección sorprendente y maravillosa de ediciones del más notable de los libros escritos por Miguel de Cervantes. Las más distintas formas del Quijote tienen aquí cabida y acomodo, y son fuente de información y sorpresa para los investigadores o curiosos que la visiten. Un total de más de 300 ediciones quijotiles en más de 80 idiomas y 600 obras referidas a él –ensayos, biografías etc.- conforman actualmente este increíble fondo bibliográfico.

La formación de la colección se inició en 1967 por el bibliotecario honorario, Agustín Martín Zaragoza, entusiasta del Quijote, que recibió la donación de un ejemplar por parte del entonces Príncipe de Asturias, don Juan Carlos, ejemplar que firmó en 1994, ya como rey, en su visita oficial a Órgiva.

Han donado ejemplares numerosas personalidades e instituciones españolas y extranjeras, como por ejemplo el Sha de Persia, la reina doña Sofía, el rey Felipe VI y la reina doña Letizia, presidentes de gobierno, la Duquesa de Alba, futbolistas del Real Madrid, Barcelona…

Nos cuenta Mª Carmen Martín, bibliotecaria y responsable del Aula, que la edición más antigua está en inglés (1792); ediciones raras pueden contarse, entre otras la primera traducción que en 1869 hicieron en Dinamarca, o en esperanto en 1977 titulada “Ingenia Hidalgo don Quijote de la Mancha”. De 1947 es la publicada en braille, edición especial para conmemorar el IV centenario del nacimiento de Cervantes, con ilustraciones. Una de las más curiosas y divertidas es la que escribió entre castigo y chanza, en latín macarrónico, Ignacio Calvo titulada “Historia Domini Quijoti Manchegui traducta en latín macarrónico” y constituyendo un ejercicio de rejuvenecimiento indudable su lectura, pues quien tal haga no parará mientras le duren las páginas.

Hay ediciones que destacan por su belleza y/o peculiaridad de sus ilustraciones, las hay de Gustavo Doré con su desbordante imaginación o la de 1898, con reproducciones de cuadros de José Moreno Carbonero o la forma tan particular de ilustrar el Quijote de Daniel Urrabieta Vierge, o la ilustrada por el alemán Eberhard Schlotter, así como la que ilustró Salvador Dalí y las de Antonio Saura entre sombras y escorzos propios de su estilo y Mingote. En suma, una visita obligada para todos los amantes de la literatura.

Y, por último, Lanjarón. Con su balneario y sus aguas de anuncio. Que ya aparece datado sobre 1231 bajo la dinastía de los Alhamares. Su castillo es visible sobre un cerro que se levanta en la confluencia del Barranco del Salado y el río que da nombre a la población. En nuestro horizonte y en las coordenadas del GPS, Granada. Pero antes, una parada que lo cambia todo. El significado de excelencia toma cuerpo y se hace tangible en la Hacienda Señorío de Nevada. No es un hotel. Es el hotel. No es un restaurante. Es el restaurante. No es una bodega. Es la bodega. Se localiza en Villamena (Autovía Granada-Motril, salida 153), carretera de Cónchar, s/n.

La Alpujarra en moto. Hacienda Señorío de Nevada.

Rodeado de viñedos, en el corazón del bello valle de Lecrín y con privilegiadas vistas a Sierra Nevada, se levanta este paradigma de calidad superior en forma de hotel de cuatro estrellas con 25 habitaciones. El restaurante, por su parte, es una oda a los más excelsos sabores gastronómicos; sus olores, su textura, su compromiso con las sensaciones y el imperio de los sentidos, crean una fórmula inolvidable donde la modernidad se fusiona con la tradición en un acto equilibrado de respeto y vanguardia. En un estado puro.

La exclusividad, el gusto por el diseño, el acertadísimo cuidado de la luz y la proporcionalidad de espacios, el juego de volúmenes, la amplitud de las estancias, su carácter a veces de esparcimiento, a veces intimista y acogedor… todo ello crea un armonioso conjunto difícilmente superable. Es por ello que sus salones y jardines se han convertido en un objeto de deseo para quienes eligen estas instalaciones en el desarrollo de bodas, eventos, convenciones, presentaciones de marcas y productos, celebraciones especiales… Ah, y con un servicio de catering para poder trasladar los sugerentes platos de la Hacienda allí donde se necesite. El servicio de restauración es uno de los grandes emblemas de este mayestático cortijo.

Una vez más, destacar la exquisita amabilidad de su gerente, Antonio Gimeno, y su responsable comercial, Teresa Prieto-Moreno, quienes nos mostraron una bodega que alberga más de 400 barricas nuevas de roble francés y americano y 70.000 botellas que encierran en su interior los mejores caldos de una marca que cuenta con Denominación de Origen Vino de Calidad de Granada.
No hay mejor broche de oro para una ruta excepcional; posiblemente uno de los cinco mejores recorridos para realizar en moto de toda la Península. Lo tiene todo. Y lo más importante, su gente.

¿Qué es lo mejor del viaje sino la gente que en él se conoce? Es un mantra que se repite entre los motoviajeros de todo el mundo. Pues bien, en la vertiente sur de Sierra Nevada, como taxón identificativo de la clasificación humano-biológica de la zona, encontramos la sonrisa alpujarrensis. Una sonrisa endémica de esta Andalucía que a tantos nos enamora.

La Alpujarra en moto. Dónde comer, dónde dormir.

Texto y fotos: Quique Arenas  // Acción: Antonio J. Borrego, Juande Sáez Clavijo.-

Agradecimientos: Dynamic Line, Patronato de Turismo de la Diputación de Granada, en especial a Inma Muñoz, Departamento de Promoción y Receptivo.

 

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar.
Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro “Amazigh, en moto hasta el desierto” (Ed. Celya, 2016).

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