Cambiando Dakar por Armenia Cambiando Dakar por Armenia
FacebookTwitterEmailMasFacebookTwitterEmailMas Aunque suene raro empezar hablando de Dakar en el relato de un viaje a Armenia, lo cierto es que la capital senegalesa era... Cambiando Dakar por Armenia

Cambiando Dakar por Armenia.

Aunque suene raro empezar hablando de Dakar en el relato de un viaje a Armenia, lo cierto es que la capital senegalesa era mi destino inicial. Y es que ese era mi objetivo para principios de octubre, junto con un compañero de Aemotur, pero al final un problema de fechas con las vacaciones y, sobre todo, la situación de Mauritania me hizo desistir. Sin casi tiempo, tuve que pensar en un nuevo destino y fue Roberto, quien en principio me iba a acompañar a Dakar, el que me propuso Armenia. Y debo confesar que incluso me costó situarlo en el mapa, porque realmente no sabía muy bien dónde estaba.

Este poco tiempo para preparar el viaje hizo que, por ejemplo, no pudiera obtener el visado para Azerbaiyán, para el que se necesita cierto tiempo, o que algunas rutas no las hubiera preparado con suficiente tiempo, pero sin duda esto formaba parte de la aventura e iba a tener que improvisar durante el viaje o que, por ejemplo, para los dos ferris que tenía que tomar a la ida, no quedarán más que pasajes de butaca.

Así, tracé una ruta general, que sería en un primer lugar ir a Barcelona para tomar el ferry a Civitavecchia, haciendo una primera noche en Italia, camino de Brindisi, de donde tomaría el ferry a Grecia. Atravesaría luego toda Turquía por el norte, bordeando el Mar Negro, hasta llegar a la frontera con Georgia, donde tomaría rumbo a la capital, Tiblisi, y ya, desde ahí, enfilar a Ereván, la capital armenia, donde pretendía quedarme unos días y hacer de ella mi base de operaciones para las diferentes rutas por el país. Armenia es un pequeño país, del tamaño de Galicia, y no hay mucha distancia del centro a sus extremos, así que, en principio, era viable quedarse en el centro y evitar el tedioso procedimiento de buscar y encontrar hotel después de cada ruta, al menos durante los días que permaneciera en él.

A la vuelta quería aprovechar y visitar unas cuantas ciudades y países que no conocía, por lo que la ruta inversa sería volver a pasar a Georgia, cruzar Turquía, esta vez por el centro, pero enfilar luego hacia el norte, pasando por Bulgaria, Serbia, Rumanía, Hungría, Eslovenia y ya Italia para iniciar el regreso.

Primer y segundo día: de Madrid a Barcelona y rumbo a Italia. El aparentemente aburrido día de partida se iba a convertir en el peor de todos y que a punto estuvo de hacer que todo el viaje se echara a perder o que, al menos, cambiara por completo.

Y es que, a escasos 200 kilómetros de mi casa, tras repostar, la moto hace un ruido extraño, se tira un par de cuescos fabaderos y se para. Intento arrancar, pero no hace ni el amago. No ha recorrido ni 150 metros desde la gasolinera y yo no sé por qué, pero algo se ilumina en mi cabeza “Ignacio, le has echado diésel a la moto”. Me acerco a la gasolinera, pregunto, mira en el registro y, efectivamente, 17 litros de diésel que le he metido.

En ese momento se me acerca un chaval joven que me dice que tiene un amigo con un taller a escasos 10 kilómetros. Le llama y le dice que sí, que ya ha visto una Triumph como la mía antes, que se la lleve y que en media hora estoy en marcha. Así que llamadita al servicio de asistencia que contraté, esperar a que llegue la grúa y traslado al taller, donde me esperan y, nada más bajar la moto se ponen con ella. Finalmente, entre unas cosas y otras, he perdido un par de horas, pero aún tengo tiempo de llegar al ferry.

El ferry sale, finalmente, con casi cuatro horas de retraso, como riéndose de mi esfuerzo por no perderlo, lo que hace que me ponga todavía más de malas pulgas. Así que cuando consigo embarcar, cometo el error de irme directamente al bar, pedirme unas cervezas y relajarme, tranquilizándome a mí mismo pensando que ya está, que estoy camino de Italia y que el viaje comienza. Y digo que es un error porque lo primero que debería haber hecho es coger sitio donde dormir, ya que la butaca resulta un desastre, en una sala con más de cuarenta grados y sin aire acondicionado, repleto de personas en el que me resulta imposible dormir. Y cuando me doy un paseo por el barco, descubro que todos los rincones en los que podría dormirse están ocupados… Por lo que vago como un alma en pena hasta que en una de las cafeterías encuentro un hueco en un sofá en el que quepo y consigo dormir algo.

Tercer y cuarto día: Italia, Adriático y Jónico. Mis planes iniciales eran dormir a medio camino de Brindisi, a unos seiscientos kilómetros de Civitavecchia, desde donde tengo que tomar el ferry que me lleva a Grecia y que sale a las once de la mañana. Tenía un hotel a trescientos kilómetros de ambas ciudades, en el que podría descansar seis o siete horas. Pero al desembarcar en Civitavecchia el retraso aumenta y veo que apenas voy a poder dormir tres horas en el hotel, por lo que tomo la decisión de no parar en él y conducir directamente hasta Brindisi.

Me tomo un café y enfilo las autopistas italianas intentado pensar en positivo y olvidando el cansancio y el cúmulo de cambios e incertidumbres del comienzo del viaje. Ya al amanecer llego a Brindisi, media hora antes de que se abra el checking.

Turquía o donde todo está para el otro lado.

Doy vueltas por el puerto para pasar el tiempo y ya veo las enormes diferencias con el puerto de Barcelona, ya que familias de rumanos, turcos y búlgaros, muy humildes, han tomado las pocas zonas verdes que hay para y aquello parece un campamento de zíngaros. El embarque resulta ser un auténtico desastre de organización, nada que ver con el del puerto de Barcelona. Alguien decide que las motos vamos las últimas, tras coches, camiones, autobuses… Y nos tienen horas a más de cuarenta grados, en una esplanada de cemento, esperando nuestro turno. El barco es también es mucho más modesto y me cuesta encontrar un sitio donde dormir, por lo que lo único que hago es deambular y esperar a que el hotel que tengo reservado en Grecia y que está a cinco minutos del puerto sea tranquilo y pueda dormir. Y, por fin, tras la escala en Corfú en la que se bajan todos los italianos de veraneo y nos quedamos cuatro gatos en el ferry, llegamos a Iguomenitsa, en Grecia. Voy al hotel, me pongo cómodo y ceno una deliciosa pita de carne, con un par de cervezas.

A la mañana siguiente, tomo un buen desayuno e inicio de nuevo camino. Mi intención es conseguir llegar a Turquía y quedarme lo más próximo a Estambul en la que va a ser mi primera etapa maratón.

Quinto día. Llegando a Turquía. Enfilo la salida a la autopista rumbo a Turquía. Teóricamente, en Grecia el límite en autopista es de 130 km/h, pero pronto compruebo que es mucho más complejo que eso. En realidad, cogen a un mono, lo emborrachan y drogan y cada cien metros hacen que tire unos dados. Según lo que saque ponen el límite en 120, 110, 100, 90… Así hasta 70 km/h. El resultado es que los primeros kilómetros me los pasé acelerando y frenando cada cien metros para intentar ir a velocidad legal. Luego me cansé de unos límites de velocidad totalmente caprichosos y calculé una media, ajustando el control de crucero a 120 de marcador y ahí lo dejé.

Pese a ser una tirada por autopista, lo cierto es que el trayecto se me hace muy entretenido. La autopista bordea una zona montañosa, con un paisaje realmente bonito.

No tenía prevista ninguna parada para visitar ninguna ciudad, ya que lo ajustado del calendario me obligaba a cruzar Grecia sin más, por lo que paro en un área de servicio cualquiera, con la suerte de que tiene un restaurante con terraza y unas impresionantes vistas al mar Egeo. Voy pasando los desvíos a ciudades como Salónica o Alejandrópolis y a la frontera búlgara y me prometo a mí mismo que algún día volveré y me haré unas vacaciones de relax por toda la costa griega, hasta que, por fin, llego a la ansiada frontera con Turquía, nervioso por abandonar la Europa del roaming y el euro para entrar en esa otra Europa lejana.

Los trámites en la frontera son rápidos, pese a que hay una cierta caravana. Tengo la visa para entrar en Turquía que obtuve por internet (la única necesaria en todo el viaje), carné de conducir internacional, carta verde…

Un poquito de diversión...

Turquía me recibe con veinte kilómetros de pista. Están reconstruyendo más que reasfaltando la carretera, así que por primera vez en el viaje me pongo de pie para conducir por la pista de grava y arena. Los desvíos están malamente señalizados y los accesos a las gasolineras en condiciones penosas, así que extremo la precaución mientras intento avanzar todo lo que puedo hasta mi hora límite de rodar, que yo mismo me he impuesto, y que no es otra que una hora antes de que se ponga el sol, para tener tiempo de sobra de buscar hotel y evitar conducir por la noche.

Durante una pausa, busco un hotel cerca de Estambul, encontrando uno con muy buena pinta en Tekirdag, hacia donde me dirijo, bordeando la costa turca. Encuentro fácilmente el hotel, porque está en la calle principal de la que resulta ser una animadísima ciudad de veraneo, con playa al mar de Mármara. La verdad es que el hotel resulta ser un regalo, porque por apenas veinte euros tengo en realidad un apartamento con terraza, prácticamente a estrenar, con un baño como mi salón. Me doy una buena ducha y salgo a recorrer la ciudad. Le he preguntado al recepcionista dónde pudo cenar algo típico y me manda al paseo marítimo, frente al hotel. Resulta ser un sitio muy agradable, con restaurantes a lo largo de todo el puerto, sirviendo platos de pescado en terrazas al mar. Elijo uno que tiene una parrilla en la que están asando sardinas con muy buena pinta y acierto de pleno, ya que están deliciosas y baratísimas, apenas 3 euros la media docena con la bebida y una ensalada de tomate.

Tras la caminata, cansado por los casi ochocientos kilómetros que he hecho, me voy al hotel a dormir.

Sexto día. El mar Negro. Son las nueve en punto cuando estoy arrancando la moto para seguir viaje. Tampoco tengo destino predefinido, mi objetivo es hacer tantos kilómetros como pueda, siempre con destino a la frontera de Georgia. A medida que me acerco a Estambul el tráfico se hace más denso hasta que de repente comienza una caravana en la que los coches están detenidos. Avanzo como puedo, buscando huecos, hasta que llego a un punto en el que el caos de coches detenidos es tal que ocupan cinco carriles, pese a que la autopista es de tres. Ya no hay manera de avanzar, así que sopeso la situación y arrancando la moto, me tiro por el arcén a los jardines que bordean la autopista.

Me detengo y contemplo espantado el origen de todo. Un camión que trasporta finas vigas de metal por el carril contrario ha volcado, invadiendo mi carril. No solo están los restos del camión y las vigas, si no que observo media docena de coches completamente destrozados. Nos juntamos un numeroso grupo de moteros y uno de los policías que está controlando el tráfico se apiada de nosotros y hace el gesto con la mano de acelerar una moto mientras nos hace señas para que avancemos.

Arrancamos todos en fila india y le dice algo en turco al primero, que comienza a seguirle. Seguimos detrás en fila india, siguiendo al policía, que va caminando y esquivando los restos del accidente. Nos acercamos a la zona donde más restos hay, justo donde ha quedado el camión atravesado, en la que cuesta encontrar un camino limpio de piezas y cristales cuando me fijo detenidamente y veo con absoluto horror que no solo esquivamos los restos de los vehículos… ¡Acabamos de esquivar una pierna humana! Estoy tan en shock que casi me como la moto que va delante. Seguimos avanzando detrás del policía y aguanto las náuseas al ver más restos humanos. Nunca he visto algo semejante y no creo que se borre de mi cabeza en toda mi vida. Gracias a Dios, llegamos a una zona despejada, el policía se aparta y ya tenemos la autopista libre.

Avanzo muy lento entre los coches y con todo el cuidado del mundo y en esas estoy cuando un turco a bordo de una pickup me empieza a pitar, a seguirme, a darme las larga, se coloca delante de mí y va abriendo hueco hasta el carril derecho de la vía de cinco carriles y de allí al arcén. Una vez en el arcén, cuando me voy a bajar de la moto a ver si es que ha visto que llevo las llaves en la maleta o algo, asoma medio cuerpo por la ventanilla y me grita en inglés: “Motorbikes can go by the side!”. Tardo un par de segundos en entender que me está diciendo que puedo ir por el arcén como me confirma la moto que nos adelanta en ese momento. Le doy las gracias con la mano y un gesto de cabeza, y tiro por el arcén, con igual cuidado, pero a mayor velocidad y algo más seguro que entre coches.

A medida que me alejo de Estambul, todo cambia. El tráfico se relaja y el paisaje mejora. La carretera sigue con buen asfalto, transcurriendo entre montañas y paisajes cada vez más bonitos. Mi humor cambia definitivamente mientras profundizo en una Turquía más rural. Atravieso pueblos y ciudades con puestos de comida y tiendas, bullicio, cruces inverosímiles y esas situaciones que he escuchado contar mil veces a tantos viajeros: que si un burro a la salida de una curva, que si el camión que adelanta en sentido contrario. Saboreo el tremendo contraste que es conducir por un sitio como Turquía, con un orden anárquico en el que todo encaja.

Al atardecer veo indicaciones de 50 kilómetros hasta Samsun, que recuerdo que aparecía en el relato de otro viajero que iba a Turquía y que me sirvió como guía para preparar mi ruta, así que decido que va a ser donde pase la noche, parándome en una ancha calle a localizar un hotel mediante GPS y en esas estoy cuando dos policías, a bordo de una BMW GS (allí van dos policías por moto), me preguntan dónde voy. Les explico que busco hotel y me dicen que les siga. Vuelve a poner las sirenas de la moto y ahí voy yo, como un ministro, escoltado por una moto de policía que me abre paso hasta la mismísima puerta del hotel.

1. Georgia y sus increíbles carreteras

Séptimo día. Cruzando fronteras de Georgia y Armenia. Estoy algo cansado de los kilómetros acumulados, pero voy cantando a medida que avanzo por la carretera, a veces viendo el mar, a veces por zonas de montaña, atravesando pueblos costeros abarrotados de veraneantes, que hacen la conducción más distraída pero lenta, ya que a menudo hay semáforos y cruces.

Y, por fin, justo después de comer, llego a la frontera con Georgia. La frontera es un auténtico caos de coches, personas y camiones. Estoy esperando cuando el coche que está detrás de mí, en un intento por meterse antes que yo en alguna de las filas, me golpea en la maleta. El golpe es fuerte, por lo que no aguanto la moto y nos vamos los dos al suelo. Estoy increpando al conductor, cuando llegan tres policías turcos a todo correr. Uno de ellos, le coge de la nuca con la mano, del tamaño de La Rioja, levantándolo del suelo. Otro policía, mientras, saca una porra rígida, como un palo de escoba de larga pero el doble de gruesa. Entre los dos gritan al aterrorizado turco, mientras lo arrastran fuera de la cola, hacia un edificio de un lateral de la frontera. El tercero viene hacia mí, me pregunta si estoy ok y me ayuda a levantar la moto.

Todavía estoy asimilando un poco la situación cuando llego a la parte georgiana de la frontera. Esta vez decido no colarme y espero mi turno pacientemente, ya no solo porque no me embistan, sino porque hay tres ventanillas y la cosa se reparte. Del coche de la fila de al lado se baja un individuo árabe, viene hacia mí y con cara de loco, agarra el acelerador y sin decir palabra acelera hasta el corte de encendido.

Soy bajito y poca cosa, pero pudo asegurar que cuando se me inflaman las gónadas… Así que apago la moto, le empujo hacia atrás, me bajo tranquilamente y me voy a su Range Rover, que está arrancado. Me meto dentro, saludando a una señora y dos niños que me miran atónitos desde sus asientos y, aprovechando que el coche está encendido para tener aire acondicionado, piso el acelerador hasta que casi saco el pie por el suelo. El iraní se pone medio violento para que me baje, así que le respondo en nuestro maravilloso castellano “¿A QUE JODE?”, que lo deja mirándome como el que ve a un psicópata afilar el hacha.

Haciendo un puente con lo que se tiene a mano

Paso el último puesto con las preguntas de rigor, un sello al pasaporte y estoy dentro de Georgia. Debe ser la hora de ir a la playa, porque el tráfico es infernal. Con carretera a ratos asfaltada por la que cruza gente en plan suicida, a ratos camino polvoriento, rodeada de puestos playeros con gente gritando, oficinas de cambio, vacas que ocupan media calzada, camiones y coches cuya norma de tráfico es “soy más grande, tengo prioridad”, un BMW descapotable que me adelanta por la derecha a toda velocidad y uno de cuyos ocupantes me tira una botella de vodka vacía, un grupo de gallinas que aparecen de no sé dónde y espanto con un rastro de plumas en el aire, un camión que adelanta a otro, haciendo que me tenga que tirar al arcén para no ser atropellado, un Mercedes que remolca a otro con la mitad de años, y con una cuerda apenas visible de 20 metros de longitud, ante la que freno a dos centímetros de la rueda, todo esto con un calor infernal… En fin, que, entre fronteras y entrada en Georgia, mis nervios están al límite y empiezo a preguntarme qué narices hago yo ahí y por qué no habré hecho la vuelta en moto a Toledo en lugar de irme hasta allí.
Para rematar, he reservado un hotel a medio camino de Armenia, en Ajaltsije, y el GPS me indica que no puede trazar la ruta hasta ahí. La noche anterior, repasando la ruta, desplegué el mapa de papel del Cáucaso y decidí que, en lugar de ir hasta Tiflis, la capital de Georgia iba a atravesar la frontera sur, que aparece en el mapa como una hermosa carretera principal que atraviesa varios parques naturales. Un cambio de última hora que no sé bajo qué inspiración divina hice, pero que ahora parece que al GPS no le gusta. Despliego el mapa de papel y la carretera está ahí, bien gorda y roja. Voy buscando en el GPS los pueblos que atravieso, hasta que, por fin, me traza una ruta hasta uno de ellos.

La cosa va mejorando y la carretera se va quedando vacía, con apenas tráfico. No solo eso, si no que el paisaje de montaña se vuelve espectacular. Montañas verdes, valles, grandes picos, bosques y un río cuyo cauce voy siguiendo en paralelo hacen que me enamore de esa Georgia y me olvide de la caótica entrada al país. Disfruto como un niño, porque la carretera resulta estar repleta de curvas, bien asfaltada y con ese paisaje de montaña tan bonito. Avanzo a buena velocidad hasta que la carretera empieza a estar con el asfalto muy deteriorado. A ratos incluso desaparece completamente y se convierte en pista. Vuelvo a ponerme de pie en la moto y bajo el ritmo hasta que, al abandonar un pueblo, la carretera simplemente desaparece, como si ese fuera el fin, y comienza un camino. Abro el mapa y, efectivamente, pasa por ese pueblo. Y, además, el pueblo son tres casas, no hay cruces, no hay más calles… No hay otra posibilidad, así que decido seguir.

Gasolinera: sin miedo a echa diésel...

El camino deja paso a una pista, sin dificultad para alguien con unos poquitos conocimientos sobre cómo llevar una trail. Pienso que debe ser un tramo en obras, o estropeado, y que pronto volverá el asfalto. Pero no… continúa la pista, a ratos con algún paso que ya no es tan sencillo de hacer con Potrilla. Empiezo a preocuparme un poco. Llevo gasolina como para hacerme doscientos kilómetros, pero la pista se está complicando y mi velocidad baja a veinte o treinta kilómetros por hora. A este ritmo voy a llegar a Ajaltsije de noche, y eso sí que me preocupa. De noche, solo, por una pista de Georgia, en la que cada vez pasan menos coches… Mi único consuelo es que el paisaje es absolutamente espectacular y aún con el agobio que me está entrando, me obliga a parar y disfrutar de él.

De repente, aparece un tramo digno de una autopista europea. Parece una tomadura de pelo, en medio de una pista, cien metros de carretera perfectamente asfaltada, iluminada… Algo realmente extraño. Aparece una señal que indica que Ajaltsije está a 35 kilómetros y la pista se hace perfecta, como para circular a noventa. Y no solo eso, si no que unos pocos kilómetros después, la carretera reaparece, con buen asfalto, y el GPS, mudo hasta entonces, me indica que ya puede trazar la ruta. Entro en la ciudad de noche, pero muy contento. A pesar de todo, he cumplido mi plan de viaje y ya solo me queda encontrar el hotel.

Sigo las indicaciones del GPS y llego a un callejón sin salida ni luz, estoy completamente rodeado de borrachos que gritan en lo que parece ser un barrio no muy bueno de Georgia, así que, la verdad, me asusto un poco. Afortunadamente uno de ellos no parece tan borracho y me dice “Hotel Amigo, go back, turn left, then right”, mientras aparta a todos. Me ayudan a darle la vuelta a la moto, me dicen adiós y salgo sin mayores problemas. Creo que en realidad me agobié yo más de lo que la situación lo merecía.

Por fin encuentro el hotel, que está a cien metros escasos del callejón. Me reciben con una sonrisa, me doy una ducha y bajo a recepción. Cuando pregunto dónde puedo cenar algo, me regañan por lo no habérselo dicho antes. Antes de darme cuenta, me han cogido de la mano, me han llevado a un comedor, me han sentado, me han hecho dos huevos a la plancha, un bistec de tres dedos de grosor y dos palmos de largo, patatas panaderas, una tarta de zanahoria, una crema de yogur y dos cervezas de medio litro. Me cobran dos euros por todo y me piden perdón por no tener nada más, porque no he avisado de que quería cenar.

Hovanavank

Octavo día. Entrada en Armenia. Me levanto cansado pero muy contento y nervioso. Hoy es el gran día. Si todo va según lo previsto, hoy entro en Armenia, el objetivo final del viaje. Afortunadamente, tengo buena carretera casi todo el camino hasta la frontera. A ratos desaparece y me encuentro un tramo de pista, pero sin apenas dificultades. Además, bordeo un precioso lago y tengo tramos de curvas dignas del mejor puerto de montaña, que hago a buen ritmo y disfrutando muchísimo. Probablemente es una de las carreteras más bonitas que he hecho en mi vida, atravesando un parque natural. Me voy aproximando a la frontera y también veo carteles que anuncian frontera con Turquía por una carretera con muy buen aspecto. Ni en mi mapa ni en mi GPS aparece esa carretera, mucho menos que haya una frontera con Turquía, así que lo dejo anotado mentalmente para el regreso.

Y, por fin, aparece ante mí la frontera con Armenia. El lado armenio exige un poco de burocracia. Primero, control de pasaporte y vehículo. Luego otro control en el que me explican que tengo que abonar las tasas de entrada (unos veinte dólares), en una oficina bancaria dentro del propio edificio aduanero. Por último, me exigen contratar un seguro para la moto, por unos diez dólares, en otra ventanilla.

Mis primeras impresiones con Armenia son un poco decepcionantes. Tras el espectacular paisaje montañoso de Georgia, me encuentro unos secarrales de color pardo sin ninguna belleza natural. Estos primeros kilómetros por Armenia me permiten conocer el país y lo que va a ser la tónica de conducción en él. La carretera no es mala, está asfaltada en su totalidad, aunque tan bacheada que muchos tramos los conduzco de pie para descansar un poco el culo. De vez en cuando desaparece el asfalto y aparece un tramo de pista, normalmente en buenas condiciones. La señalización es escasa y, eso sí, cada pueblo tiene un radar. Sí, un radar en cada pueblo, y no exagero. Además, hay una gasolinera cada kilómetro. De hecho, no he visto tantas gasolineras en ninguna parte del mundo, incluso entre pueblos pequeños.

A medida que avanzo en dirección a la capital, mi impresión con Armenia va cambiando. El paisaje se vuelve montañoso y verde, muy verde. Cada vez va siendo más bonito hasta que se convierte en absolutamente espectacular. Grandes montañas y valles, de un verde intenso, por reviradas carreteras con buen asfalto me obligan a detenerme una y otra vez a admirar el paisaje. Y es entonces cuando tomo conciencia de que estoy en Armenia, que he llegado, que lo he conseguido, y me emociono.

Secando pieles en un campamento nómada.

Llego al hotel, me cambio y dejo la moto para ir al centro a dar un paseo. Mi primera impresión se confirma, aquí hay dinero. Mucho dinero. Lujosísimas tiendas de moda y joyería, grandes terrazas de restaurantes muy pijos… Y todo a precios europeos. Nada que ver con el resto de la Armenia que iba a ver.

Noveno día. El este de Armenia. El lago Sevan. Mi primer día en Armenia lo aprovecho para levantarme un poco más tarde que los últimos días. Mi ruta prevista de hoy comprende la zona este del país, donde se encuentra el lago Sevan, y la ruta al noroeste de la capital. Voy bordeando el lago en dirección sur y aprovecho que previsoramente me he puesto el bañador debajo de la cordura y aparco la moto, para deleite de los niños, y cogiendo mi toalla me voy al lago. El agua no está fría y me doy un chapuzón rápido que me refresca. Tomo un poco el sol para secarme y sigo mi camino hacia Hayravank. No tardo mucho en llegar al monasterio.

Aprovecho para contar que Armenia fue la primera nación en adoptar el cristianismo, por lo que la religión cristiana es realmente importante en su cultura, aún hoy en día, y la gran parte de sus bienes culturales se centran en la visita a templos verdaderamente antiguos. El monasterio de Hayravank es buena muestra de ello. Erigido en el siglo IX, es un claro ejemplo de cómo son los monasterios antiguos de Armenia. Es oscuro, no muy grande, decorado a base de policromías y con unas magníficas vistas al lago. Vuelvo a la carretera y tomo rumbo al norte del lago. Hago una nueva parada para visitar otro monasterio, el de Sevanavank, que en realidad consta de dos iglesias con unas preciosas vistas al lago, unidas por muros. Tras la visita sigo rumbo norte.

Pronto el lago deja de estar a mi derecha y la carretera sube por una montaña cubierta de verde. Aquello parece un puerto asturiano, disfruto como un enano con la moto. Con una sonrisa de oreja a oreja llego a mi siguiente visita, Goshavank, mucho más grande que los anteriores y que se compone de varias capillas y edificios, uno de ellos biblioteca y del que me impresiona su bóveda central.

Después de comer pongo rumbo a Saghmosavank, otro monasterio enclavado junto a un impresionante valle. Las vistas bien merecen la visita y, para llegar, se atraviesan algunas zonas de la Armenia más pobre y rural, que no tiene nada que ver con la de la capital. Casas de adobe, agricultores y ganaderos bastante humildes, aunque sin llegar a la extrema pobreza que yo imaginaba. La ruta, que está resultando preciosa en cuanto a paisajes y cultura, me lleva hasta Hovanavank, otro precioso monasterio desde el que se divisa una preciosa cascada, y hasta Kamravor, un pequeño templo que data nada menos que del siglo VII y cuyo principal atractivo es que prácticamente se conserva tal cual desde la fecha.

Monumento al alfabeto armenio

Continúo rumbo a mi siguiente destino y hago una parada en el monumento al alfabeto armenio, en el que el juego consiste en encontrar la letra equivalente a tu nombre. El día está siendo muy completo, pero lo cierto es que aún me espera lo mejor. Tomo rumbo a Amberd, ruinas de una antigua fortaleza. La carretera de por sí merece ir. Solo puedo decir que es de las carreteras más bonitas que he recorrido en mi vida. El último punto que me indica el GPS es algo raro. Cuando estaba trazando las rutas en casa, encontré en Google un sitio cercano que figuraba como “laboratorio de rayos cósmicos”. Como estaba relativamente cerca y me pareció muy curioso, lo añadí como waypoint. Y, la verdad, es de lo mejor que pude hacer en el viaje… En primer lugar, la carretera va ascendiendo y puedo ver, hasta donde la vista alcanza, algunos de los paisajes más bonitos que he visto jamás. Inmensas praderas y montañas con nieve en sus picos, ríos y lagos… Veo tiendas de nómadas y ganaderos, secando pieles de ovejas al sol, tal y como deben llevar haciéndolo desde hace siglos y que tan solo he visto en imágenes de reportajes de viajes.

Finalmente, hago cima y llego al antiguo laboratorio, hoy clausurado. Siento repetirme, pero el paisaje montañoso es de lo más bonito que he visto en mi vida. El laboratorio se ha reconvertido en parte en un camping situado al borde de un lago, con unas impresionantes vistas.

Décimo día. Monasterios y catedrales. Comienzo la ruta yendo al noroeste, con la visita Zvartnots, ruinas de una antigua catedral. Después me dirijo a Saint Hripsime, que es uno de los templos más antiguos de toda Armenia, nada menos que de comienzos del siglo VII. Casi sin bajarme de la moto visito dos templos más, muy cercanos, Etchmiadzin, que es la primera catedral del cristianismo y tiene edificios del siglo IV y este sí es, además, el edificio cristiano más antiguo de Armenia. No solo es una catedral preciosa que rezuma historia, es que además contemplo dos reliquias que me impresionan, pese a no ser creyente, la lanza de la pasión, con la que hirieron a Cristo en el costado, y un trozo de madera del Arca de Noé. Termino la mañana visitando la iglesia de San Esteban, en Artik, un pequeño templo de considerable altura.

Por la tarde visité Sanahin, un precioso templo, de nuevo situado en un emplazamiento de quedarse con la boca abierta. De ahí fui a Haghpat, declarado Patrimonio de la Humanidad y que me impresionó tanto por dónde está situado como por el tamaño de sus arcos y bóvedas. El siguiente punto que visitar era el monasterio de Ajtala, pero tuve que renunciar a hacerlo, ya que la carretera se convirtió en pista, la pista en trialera, y esta era un paso imposible para mí. Y, aprovechando que era temprano, decidí volver a la capital, a pasear y visitar alguno de sus edificios y lugares más emblemáticos.

Monasterio de Khor Virap.

Undécimo día. El límite sur. Mi primera parada es en Geghard. Con razón se trata de uno de los monasterios más visitados de Armenia… Porque se trata de un monasterio parcialmente excavado en la roca. A unos minutos de él está el templo griego de Garni. Mi siguiente parada, también muy cerca, es Khor Virap. Lo mejor del templo son las vistas del monte Ararat (que está en territorio turco), en el que Noé desembarcó cuando las aguas bajaron, y que es una impresionante mole en medio de la nada. Rápidamente pongo rumbo al sur de Armenia, durante más de ciento cincuenta kilómetros, hasta parar en Zorats Karer, que creo que queda claro de lo que se trata si os digo que lo llaman el Stonehenge armenio. Sigo bajando hacia el sur, hacia mi último destino y uno de los más famosos de Armenia, el monasterio de Tatev. Lo hago por una impresionante carretera que parece pensada para motos. Dos carriles, buen asfalto, puerto de montaña e impresionante paisaje. Los últimos kilómetros pasan volando mientras disfruto como un niño a lomos de Potrilla.

Llego a Tatev, parando primero en lo alto de la montaña, donde está uno de los teleféricos más largos del mundo y que hace una impresionante bajada y subida al monasterio. Como es temprano cuando hago el trayecto de vuelta, decido acercarme con la moto y hago la preciosa bajada al valle, por una de esas carreteras que no se olvidan en la vida. Menos mal que el monasterio y sus vistas compensan las casi dos horas y media que pierdo entre subida y bajada, pero el retraso va a hacer que se me haga de noche a la vuelta. Aun así, tomo un desvío que he visto en Google, por una carretera de montaña. En realidad, no hay nada, pero es un punto emblemático para mí. Desde esa posición, en la que solo hay un pequeño mirador con el símbolo de Armenia, el águila, en piedra, tengo la visión de tres macizos montañosos que son frontera. A mi derecha está Nagorno Karabaj, el territorio por el que de vez en cuando se lía parda entre Armenia y Azerbaiyán, que precisamente queda a mi izquierda. Y de frente tengo a Irán, país que pienso visitar tan pronto como sea posible.

Duodécimo día. Vuelta a Turquía. Madrugo bastante porque no sé muy bien cómo va a estar la carretera que me lleva a la frontera turca. Voy conduciendo cuando me cruzo con un coche de policía que pone las sirenas al llegar a mi altura y hace un cambio de sentido a lo americano para ponerse detrás de mí. Uno de los policías se baja, el otro se queda en el coche, llega a mi altura y me dice “Buenos días… Lleva usted una moto muy buena y grande”. Por experiencia, sé que si un policía de estos países comienza hablando tan amable… El amable agente, con la velocidad de una cobra al ataque, lanza la mano a mi cartera, trinca cincuenta euros y los lanza a su compañero por la ventanilla del coche, diciéndome que el asunto está arreglado y que puedo seguir viaje.

Sin más incidentes llego a la frontera con Georgia. Recorro los kilómetros hasta el desvío que indica la frontera con Turquía por una carretera de asfalto impecable y trazado con curvas. Atravieso un parque natural con el lago Khozapini a mi izquierda y casi sin darme cuenta llego a la frontera con Turquía. Entro al país por una preciosa carretera y rápidamente me doy cuenta de cómo ha cambiado mi impresión del país. Ahora me parece la civilización absoluta, con su asfalto, sus señales, sus carreteras con las rayas pintadas… Además, el paisaje vuelve a ser espectacular.

Decimotercer día. 1.300 km por Turquía. Si a la venida he cruzado Turquía por el norte, siempre pegado al Mar Negro, ahora la estoy cruzando por la D-100, más o menos por el centro. Esto me permite ver una Turquía más rural, más islámica y menos occidentalizada. La D-100 tiene muy poco tráfico, muy buen asfalto y, además, cada diez kilómetros uno en obras, que casi se agradece para evitar la rutina. Deteniéndome lo justo para descansar, finalmente hago noche en un hotel de carretera. Cuando por fin estoy cómodo en la habitación, me pongo a repasar la ruta y veo que estoy a cien kilómetros de Estambul, y que me he metido para el cuerpo la bonita cifra de mil trescientos kilómetros.

Decimocuarto día. Rumbo a Sofía. Me levanto temprano y feliz, porque con la paliza de ayer, mi objetivo de cruzar a Bulgaria y dormir en Sofía está chupado. A cincuenta kilómetros de Estambul empieza a llover. Lo que es una fina llovizna se transforma en un aguacero impresionante. Y me veo atrapado cruzando Estambul, que ya de por sí es complicado, y más con la conducción a la turca que practican, con una lluvia que apenas deja ver a un metro en medio de una tremenda caravana. Y así estoy las casi tres horas que estoy atrapado entre coches que apenas avanzan, soportando la lluvia.

Llego a Sofía a buena hora de la tarde, recuperando tiempo porque el asfalto es perfecto y las autovías permiten ir a buena velocidad.

Catedral de Alejandro Nevski en Sofía, Bulgaria.

Decimoquinto día. Desayuno en Bulgaria, como en Serbia y duermo en Hungría. Por la mañana recorro la ciudad y visito lo más típico, la catedral, la Iglesia Rusa de San Nicolás, la Mezquita Banya Bashi. Sofía me deja enamorado y con la promesa interior de que volveré.

Sigo por la autopista rumbo a mi siguiente destino, Serbia. Voy directo a la capital, Belgrado, pues mi intención es parar solo a comer y dormir en Budapest. En mis planes iniciales estaba desviarme a Rumanía, pero me han advertido de que ahora mismo medio país está en obras. Decido comer en Belgrado, y cuando voy a coger la moto, la rueda delantera está completamente desinflada. Saco el compresor y, al dar aire, me doy cuenta de que es la válvula la que pierde y que ya lo hace de manera muy rápida. Así que, dado que es un día de diario y apenas son las cinco, busco un taller donde puedan reemplazar la válvula. Encuentro un bar llamado “KTM Racing Caffe”. Terminada de arreglar la rueda, me cobra diez euros y me invita a una cerveza. La verdad es que no me puedo quejar para nada, todo lo contrario.

Agradecido, abandono Belgrado más tarde de lo previsto y pongo rumbo a Budapest, donde llego ya de noche y me quedo con la boca abierta. Sigo la calle que va paralela al río y los edificios iluminados junto con la belleza arquitectónica de la ciudad me dejan sin habla.

Decimosexto día. Desayuno en Hungría, como en Eslovenia y duermo en Italia. Aprovecho la mañana para hacer turismo por la preciosa Budapest. Me reafirmo en que es de las capitales más bonitas que he visto. Cojo autopista rumbo a Eslovenia. Quiero comer en Liubliana, capital que ya he visitado y que me encanta. No me defrauda, y está aún más bonita que en mi anterior visita. Mi objetivo ahora es acercarme todo lo que pueda a Génova para coger el ferry. Finalmente me quedo a unos 150 kilómetros de Génova.

Decimoséptimo y decimoctavo día. Génova y Barcelona. Según lo planeado, me acerco al puerto por la mañana. Me quedan unas horas para el embarque, así que doy una vuelta por Génova. Estamos esperando a que nos dejen embarcar cuando me fijo que tengo manchado de aceite la parte baja del cardán. Como aún me quedan unos días de margen, decido que en cuanto llegue a Barcelona buscaré un hotel y, al día siguiente, iré a un servicio oficial de Triumph.

Llegamos a Barcelona prácticamente a la hora prevista y voy directo al hotel. Al día siguiente me acerco al taller de Italo Motor. Miran el nivel y está al máximo. Se niegan a cobrarme nada. Increíble el trato y la amabilidad. Antes de irme tengo una cita con Vitín, viajero al que sigo y que ha dado (o intentado) dar la vuelta al mundo y cuyas andanzas podéis ver en su página www.vitinworldtour.com. Tras un café, inicio la vuelta a casa y finalizo el viaje tras once mil kilómetros recorridos.

Para Motoviajeros, texto y fotos: Ignacio Rodríguez López.-

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar.
Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro “Amazigh, en moto hasta el desierto” (Ed. Celya, 2016).

No hay comentarios hasta el momento.

Ser primero en dejar comentarios a continuación.

Deja un comentario

CLOSE
CLOSE