En solitario por Asia Central En solitario por Asia Central
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMas Este viaje empezó muchos años atrás, cuando tuve la ocasión de leer “Las mil y una noches” y de conocer a personajes como... En solitario por Asia Central

En solitario por Asia Central.

Este viaje empezó muchos años atrás, cuando tuve la ocasión de leer “Las mil y una noches” y de conocer a personajes como Ali Baba, ciudades como Samarcanda y los encantos de los grandes desiertos asiáticos. Algunos de los míticos emplazamientos a los que hace referencia este libro, se sitúan hoy entre los países de Kazajstán y Uzbekistán y apenas los menciono ya me suenan lejos. Es posible que a ti también te cueste situarlos en el mapa pero te comento que esos dos países de Asia Central, suponen una superficie similar a toda la Unión Europea y el desierto se extiende casi por todas partes de su territorio. Sólo te diré que, como detalle, el índice de población de Kazajstán es tan solo de 6,75 habitantes por km2 (en España es de 92 h/km2).

Vivir en esas tierras no es fácil. Cruzarlas en moto y en solitario, tampoco.

Ahora que ya estoy en la comodidad de mi casa trataré de acercarte un poco a estas tierras lejanas, a su cultura y a las experiencias e impresiones que yo me llevé de ellas.

Mi ruta empieza en Ripollet (Barcelona), donde cargo las maletas de la moto con todo lo que creo necesario para esta travesía. Me lleva seis días cruzar Europa por autopista hasta Bakú (Azerbaiyán) y tres días más atravesar el Caspio en ferry. Hecho esto, ya puedo clamar a los cuatro vientos que por fin ruedo por Asia Central. Estoy convencido de que ahora es cuando empieza la parte más intensa de un viaje de 18.000 kilómetros.

Mi primer contacto con Asia Central es Aktau (Kz), una ciudad portuaria como cualquier otra, que sirve de dormitorio y poca cosa más. En el hotel en el que voy a pasar la noche conozco a Diego, un trabajador vasco de una compañía petrolera que lleva 6 meses montando una instalación de tuberías y al que aún le quedan 3 meses más antes de volver a España. Charlamos hasta que se pone el sol sobre las costumbres kazajas y demás derroteros de la vida.

Por la mañana, ya duchado, descansado y con la moto lista, emprendo con ilusión el primer tramo de 465 km hasta Beyneu (Kz).

Me sorprende el excelente asfalto de sus carreteras. Los pocos problemas que me voy encontrando se limitan a 5 o 6 zonas de obras donde me desvían de la carretera para entrar en tramos con un palmo de arena, tan fina, que parece harina y con un montón de piedras escondidas debajo. Por suerte, los acabo superando sin muchos problemas.

Junto con el asfalto, otra de mis preocupaciones es el clima, pero el que me acompañará durante todo el viaje será soportable, teniendo en cuenta que estoy en medio de un desierto y la temperatura máxima no supera los 35 grados.

Soledad en mitad de la nada: en el corazón de la planicie de Kazajistán.

Entre Aktau y Beyneu veo mis primeros dromedarios y empiezo a sentir la adrenalina del descubridor invadiendo mis venas.

Llego a Beyneu a media tarde y no pretendo seguir, ya que la siguiente ciudad importante está a casi 500 km y prefiero no arriesgarme a que se me haga de noche en mitad de ningún sitio. Encuentro un hotelito a pie de carretera y me paro a descansar ya que, aunque han sido 465 km bastante suaves, estoy cansado.

Mientras me instalo en el hotel, se me cuelan 3 personajes en la habitación. Dos camioneros rusos y un gato. Hago buenas migas con el gato, pero con los rusos…. Solo comentaré que después de tratar de emborracharme con cervezas me ofrecieron la posibilidad de compañía diciéndome que pagaban ellos. Paso de todo y, casi cabreado, les echo de la habitación y me pongo a dormir con el gato.

Del infierno al cielo
Me despierto al alba y mi cuerpo me pide kilómetros. Ya equipado, bajo a por la moto y me encuentro a otro motero ruso que había dormido allí y que va en dirección contraria a la mía. Tratamos de comunicarnos como podemos e intuyo que trata de explicarme lo complicado que es poner gasolina en Uzbekistán (no sé si exagera o es que no le he entendido bien), así que después de un rato de tratar de intercambiar impresiones y experiencias, nos despedimos.

Hoy me esperan 475 km de autopista entre Beyneu (Kz) y Kungirot (Uz). Se trata de circular por la arteria norte de Uzbekistán, por la que circulan cientos de camiones de gran tonelaje para proveer de todo tipo de materias primas a esta región y que, como iré descubriendo a lo largo del día, no tiene ni un metro de asfalto.

La V-Strom parece observar la árida belleza que la rodea.

No puedes imaginarte lo que es esta “autopista”. Parece una zona de guerra en obras. Con un pavimento de este tipo, mi velocidad media se reduce a unos 40 km/h, lo que me supone un larguísimo y agotador día lleno de baches, polvo, sudor y una frontera en mitad del desierto. Consigo llegar a Kungirot (Uz) a las 9 de la noche sin haber comido nada en todo el día, sin haber podido descansar y sin gasolina en el depósito. Por suerte la garrafa de 5 litros que llevo, evita que me quede tirado y compruebo en mis propias carnes lo complicado que es poner gasolina. En Uzbekistán todos los coches funcionan con gas, que es mucho más barato, y la gasolina es casi imposible de conseguir.

En resumen, me doy cuenta que está anocheciendo, que los 500 km de pista, arena, viento y calor me han agotado y que estoy buscando desesperadamente una gasolinera. A los que pregunto me indican que busque un restaurante donde aparcan los camioneros. Me dicen que allí podré comprar gasolina en el mercado negro.

Para cuando localizo los camiones, ya es noche cerrada y mi cansancio es histórico, pero una vez más la suerte se pone de mi lado. Paro la moto en la puerta del restaurante y mientras bajo para informarme se detiene a mi lado un viajero en BMW que está igual que yo, pero con la ventaja de dominar el idioma.

Sergey viene desde Astracán (Ru) y consigue que nos llenen el depósito de las motos y las garrafas extra que llevamos. Me pregunta si tengo dónde cenar o dormir y, en un abrir y cerrar de ojos, me encuentro comiendo comida típica uzbeka y conversando con un ingeniero ruso… acabo durmiendo en el patio trasero de una casa. Todo por la módica cantidad de 5€ (gasolina aparte).

Tras el merecido descanso y después de desayunar, nos subimos a las motos y emprendemos los 300 km hasta Jiva (Uz) (Khiva o Xiva, depende de dónde lo leas), aquí acabaré pasando dos noches con la intención de disfrutar de la serenidad de esa ciudad y descansar un poco. Sergey y yo coincidimos en querer llegar a Jiva el mismo día pero hacemos la ruta por separado, pues aparte de tener motos distintas, también viajamos a ritmos distintos. Él irá del tirón y sin pausas. A mí, en cambio, me gusta pararme de vez en cuando y curiosear un poco por los mercados abarrotados de gente que voy encontrando a pie de carreta.

Frente a las murallas de Jiva, Uzbekistán.

Después de 800 km de carreteras infernales (300 km sólo hoy), con tramos casi bien y otros en los que parece que me haya perdido entre un campo de minas y un patatal, me doy cuenta de que he pasado un montón de horas sobre la moto, sufriendo el calor y los baches, así que la llegada a Jiva es como la llegada a un oasis.

Jiva cuenta con un turbulento pasado. Su historia se escribe con la sangre y el sufrimiento que proporciona ser uno de los principales centros del comercio de esclavos de la Ruta de la Seda. Fueron 10.000 de estos esclavos los que levantaron sus murallas de más de 12 m de altura y más de 2.000 m de largo en solo 30 días. A pesar de su historia, esta ciudad conserva un encanto especial gracias al aislamiento al que lo sometió la extinta Unión Soviética. En Jiva puedes pasear, visitar mezquitas y madrazas, cenar tranquilamente y mezclarte con la gente del pueblo, que sale a pasear en cuanto el sol empieza a perder su fuerza y el turista medio desaparece. Toda su parte amurallada es un museo al aire libre.

Una parada y dos espectadores de excepción.

En los dos días que paso allí, con el principal objetivo de descansar, coincido con un montón de gente: israelís, japoneses, noruegos…, pero de quien más me acuerdo es de Alfonso, de Tolosa pues aunque los guías turísticos son muy buenos, nada mejor que visitar un enclave histórico con un profesor de Historia. Aprendí un montón de cosas sobre la Ruta de la Seda, el Imperio Persa y Mongol y las diferentes culturas que durante milenios habían atravesado esas tierras.

Después del infierno de la carretera, había llegado al cielo. Lo que no sabía es que no sería la última vez.

Entre platos y conversaciones
Salgo de Jiva feliz, descansado y deseando recorrer los siguientes 100 km hasta un campamento nómada que había localizado por internet.

El asfalto sigue siendo penoso pero ya le voy pillando el tranquillo a lo de poner gasolina y eso me permite relajarme un poco en ese aspecto. Aun así, Asia es famosa por sus altos índices de accidentes, por lo que es mejor no relajarse demasiado.

Dromedarios y yurta nómada en el desierto.

A media mañana llego a Ayaz Qala, un campamento nómada en un enclave único rodeado de desierto. A pesar de su austeridad, me imagino que dormir allí no será barato, pues está en un emplazamiento único al pie de una antigua fortaleza persa que antaño estaba a la orilla del mar de Aral, y eso siempre se cotiza.

Al hablar con la mujer que regenta el campamento, me explica, en un correctísimo inglés, lo complicado que es hacer llegar la comida, el agua y demás servicios a un sitio tan aislado como ese y remata diciéndome que el precio es de 50$ por noche. Por mi parte le digo que dispongo de tienda de campaña y un montón de desierto para acampar, y ahí empezamos una negociación que acaba en 20$, con la cena y el desayuno incluidos.

Aprovecho la tarde para subir a las ruinas de la fortaleza y ver cómo, a la puesta del sol, los rebaños de camellos regresan de su día en libertad para dormir seguros en el cerco que tienen preparado para ellos.

La cena es muy entretenida gracias a la compañía de un grupo de italianos que también pasan la noche allí. Me explican su plan de vacaciones, pero rápidamente la conversación gira hacia cómo había llegado yo hasta ese lugar y las aventuras y experiencias que había vivido hasta entonces.

A los italianos les acompaña un guía uzbeko que cena a mi lado y con el que hago muy buenas migas. Le comento la dificultad de moverse por ese país por culpa de la gasolina, sin hablar el idioma (ni ruso ni uzbeco) y solo, pero que lo compensa un paisaje increíble y unas gentes acogedoras. Él me explica algunas curiosidades de su país, por ejemplo cómo influyó el régimen comunista sobre la fabricación del Vodka en cada una de las repúblicas. Eso me da la idea de comprar una botella en cada ex-república que cruzo para, cuando llegue a casa, realizar una pequeña cata con la familia y amigos.

Así, entre platos y conversaciones, nos pasamos la cena chapurreando entre inglés, francés, italiano, catalán, castellano y ruso con la única intención de entendernos, conocernos y compartir. Qué fácil resulta todo cuando hay voluntad.

En solitario por Asia Central

Salgo de la “yurta-restaurante” ya cenado, cansado y listo para irme a reposar a mi cama, cuando al alzar la vista veo un firmamento nítido e inmenso. La falta de electricidad en el campamento junto con lo aislados que estamos, nos permite ver la inmensidad del universo ante nuestros ojos y nos quedarnos boquiabiertos. Que no haya wifi me impide colgar fotos en mi Instagram para inmortalizar ese momento, aun sabiendo que no harían justicia a lo que estoy viendo. La falta de luna y de nubes proporciona un momento único para disfrutarlo en silencio.

Es así como cumplí uno de los objetivos de este viaje: dormir en una yurta nómada en mitad del desierto de Uzbekistán.

Las expectativas se quedan cortas
Salgo del campamento con la lástima de cerrar un capítulo, pero con la ilusión de abrir otro. Ruedo hacia dos de las más grandes ciudades que quedan de la antigua Ruta de la Seda.

La primera ciudad es Buxara (Uz)(Buxoro) a 440 km. Durante la ruta, poner gasolina va resultando cada vez más fácil ya que a medida que me acerco a las grandes ciudades hay más posibilidades de encontrar. Aun así es un ejercicio de intuición y suerte.

Buxara ya es una ciudad moderna, con un tráfico moderno, unos edificios modernos y el estrés de una metrópolis moderna. A pesar de todo, conserva un tanto de su pasado comercial, sus parques, mercados y monumentos que están reconstruidos para el deleite del turista como yo.

Circulando en moto por sus callejuelas, encuentro un hostel para dormir y mientras pregunto por las condiciones al recepcionista, entablo conversación con dos chicos de Pamplona que llevan dos días allí. Los Javis habían salido de España con un Renault 4 del 1971 con la mejor intención de llegar a Mongolia, pero el coche, por el contrario, tenía otros planes y decidió que después de atravesar Irán y Turkmenistán no quería seguir, y allí estaban ellos, tramitando la repatriación a España con su compañía de seguros.

En solitario por Asia Central.

Después de instalarme salgo a dar una vuelta por Buxara y tratar de descubrir el murmullo de sus callejuelas y el ir y venir de sus gentes. Pronto descubro que aquella ciudad no es para mí. Demasiados turistas (entre los que me incluyo). Los circuitos comerciales tienen en esta ciudad una de sus paradas principales, así que visito sus principales atracciones y me recojo temprano. Casi me atrae más el charlar un rato con los españoles que visitar aquel decorado tan perfecto. No me interpretes mal, Buxara es una ciudad preciosa, pero vengo de unas experiencias tan intensas, que no consigo disfrutarla como es debido.

Mi siguiente parada es Samarcanda (Uz) a unos 300 km de algo que empieza a parecerse a una autovía. Dos carriles de ida, dos carriles de vuelta y una medianera que los separa. No comentaré nada sobre el estado del asfalto, pues ya no sé si son las condiciones climáticas o el excesivo paso de camiones lo que hace que las grietas y los baches no cesen. A estas alturas, intuyo que el carenado de mi V-Strom ha perdido varios tornillos y presenta un ‘juego’ más que considerable. En esos 300 km también se me rompe el anclaje del retrovisor derecho y no tengo manera de arreglarlo, así que la parada en Samarcanda sirve, entre otros motivos, para buscar un taller de motos… a ver que encuentro.

Llego a Samarcanda y encuentro un hotel económico, céntrico y tranquilo. Ideal para guardar la moto en su patio interior y para, después de una buena ducha, salir a conocer la ciudad. El recepcionista es Burak, un lugareño con el que me resulta fácil hablar y al que comento que busco un mecánico para la moto. Me dice que si quiero, después de trabajar, me lleva a cenar al restaurante de un amigo y allí me da todos los consejos y detalles que necesite. Acepto, pues no tengo grandes cosas que hacer aparte de pasear.

Para mí Samarcanda era un hito en el camino. Una parada obligatoria de la mítica Ruta de la Seda. Pero nuevamente me encuentro ante una ciudad occidental, atestada de tráfico, gente y turistas. Sigue siendo una ciudad monumental de grandes parque y avenidas, pero está lejos del espíritu romántico con el que yo la había idealizado. Cuando visitas la plaza de Registán, junto con sus mezquitas y parques, entiendes que Samarcanda sea una de las ciudades más antiguas aún habitada, y es que tiene una luz especial tanto de día como de noche, y todas sus atracciones respiran toda la tranquilidad que le falta a su infernal tráfico.

En solitario por Asia Central.

Sobre las 9 de la noche regreso al hotel para ir a cenar con Burak y ya en el restaurante me propone cenar unas brochetas de carne típicas de Uzbekistán junto con un par de jarras de cerveza. La cena se alarga hasta casi la 1 y nos explicamos anécdotas y curiosidades mutuas de esas que no salen en las guías turísticas y realmente te hacen entender un pueblo. Para la hora de la cuenta ya me había puesto al día de la sociedad uzbeca, de sus costumbres y tradiciones y de su amabilidad con el trato a los extranjeros. Por cierto, la cena tradicional de los dos me costó 6€ al cambio.

A la mañana siguiente, gracias a las indicaciones de Burak, llego a un mercadillo de recambios de piezas para coches para tratar de arreglar el retrovisor.

Hay momentos en los que necesitas confiar en la gente y en ese mercadillo me vi enseguida rodeado de gente preguntándome mil cosas, hablándome raro y haciéndome fotos, así que intenté explicarle mi situación a uno de ellos y confié en que me ayudara. Mis expectativas se quedaron cortas, ya que enseguida aquella persona coordinó a un grupo de gente para buscar la pieza de soporte del retrovisor. Como no existía nada parecido, me fabricaron una con unos flejes y unas bridas y remataron el trabajo invitándome a un té. Al acabar no quisieron ni oír hablar de pagarles nada y simplemente me desearon buen viaje.

Ya con el retrovisor reparado sigo viaje hacia Tashkent, capital de Uzbekistán. Si Buxara y Samarcanda ya me parecían grandes, pobladas y estresantes, Tashkent, además, no me supone ningún interés turístico más allá del que ofrecen unos edificios muy altos y muy modernos.

Hago noche en Tashkent solo porque mi intención es llegar a la frontera, que está a 20 km, lo más temprano posible y entrar nuevamente en Kazajistán y llegar al mar de Aral, que es el segundo objetivo de mi viaje.

En solitario por Asia Central.

El mar de Aral
A las 9 ya estoy haciendo cola fuera de la barrera de la frontera que es una de las más lentas que he pasado. Hasta las 11 no accedo al recinto fronterizo, donde los coches pasan de uno en uno y las revisiones de equipaje son de lo más exhaustivas. Me revisan todas las fotos de la cámara, he de vaciar todas las maletas e incluso desmontar el sillín de la moto. Después el control de pasaporte, papeles del vehículo, etc…. a las 14.00 horas salgo de la tortura burocrática para adentrarme en Kazajistán. ¡Madre mía, 5 horas de frontera! Suerte que fui temprano.

Las carreteras kazajas son algo mejor que las uzbecas, al menos cerca de las grandes ciudades. Ya estoy circulando en dirección norte hacia Aral, aunque soy consciente de que no podré recorrer esos más de 1.000 km en un solo día. Me paro en Turkestán, donde descubro que en el hotel donde en el que voy a pasar la noche no aceptan tarjetas ni dólares y que la recepcionista no habla inglés. Usando un cliente chino como traductor, consigo que se fíe de mí y la convenzo de que mañana por la mañana iré al banco a cambiar dinero.

Por la mañana, me despierto en un día muy ventoso. Voy al banco y mientras hago cola para la oficina de cambio se acerca a mi una anciana y me propone cambiármelos ella sin que tenga que hacer cola. Y así es como consigo “tenges” en el mercado negro para pagar el hotel.

Ya más tranquilo sigo en dirección norte por la autovía, soportando un infernal viento lateral que está a punto de tumbarme varias veces y que hace que adelantar camiones sea una práctica de alto riesgo. A esas ventiscas laterales hay que añadirles las tormentas de arena que voy cruzando y que parecen nieblas marrones, que limitan mucho la visibilidad y que dificultan recorrer cualquier distancia.

El suplicio termina de golpe a las 6 de la tarde para mostrarme un día espectacularmente radiante, con una atmósfera transparente y tranquila. Es hora de descansar y empiezo a buscar un emplazamiento válido para acampar. Al cabo de un rato, veo un camino que sale de la carretera hacia la izquierda, así que reduzco velocidad y pruebo suerte. Me adentro un par de kilómetros en el desierto siguiendo las rodadas algún coche que había pasado anteriormente. Parece un camino transitado pero tranquilo.

Sentado en una maleta de la moto, los pensamientos se agolpan...

Una vez decidido el emplazamiento de la tienda, estabilizo la moto en la arena y hago unas cuantas fotos para mi Instagram. Enciendo una hoguera con la poca leña que encuentro, me pongo a ver como cae la noche mientras ceno algo de lo que suelo llevar en la maleta y me siento relajadamente a pensar.

Resulta que hoy es mi cumpleaños y en mi soledad pienso en las carreteras por las que he circulado, las personas que he conocido, las fronteras que he cruzado, en las aventuras que he vivido en este viaje y que en dos días más ya estaré en Rusia rodando el tramo de vuelta. Pienso en la tranquilidad de un paraje que antaño estuvo inundado y lleno de riquezas marinas y que hoy me ofrece un mar de arena y sal. Pienso en lo lejos que estoy de casa y en que aún me quedan 15 días más de ruta para ver a mis seres queridos. Pienso hasta que me quedo dormido en mi tienda.

Por la mañana, me doy cuenta de que casi ha llegado el momento de dejar atrás Kazajistán. Las últimas paradas en Aktobe (Kz) y Oral (Kz) serán un mero trámite que me llevarán hasta Rusia, ya llevo la dirección oeste marcada en mi navegador mental.

Los 4.800 km de vuelta a casa ya han empezado y los dolores de cabeza que ese tramo me supondrá los dejo para contártelos en otra ocasión…

Para Motoviajeros, Agustí Carmona.

Quique Arenas Director

Director de Motoviajeros y responsable del Dpto. de Comunicación del grupo Ubricar. Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR) y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

  • irlopez

    9 julio, 2018 #1 Author

    Se me han puesto los dientes largos. Fenomenalmente contado… Agustí, te agradecería que te pusieras en contacto conmigo, tengo algunas preguntas que hacerte, si eres tan amable, porque tengo intención de ir por allí en breve…

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