India y Nepal en Royal Enfield India y Nepal en Royal Enfield
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01-Compra de la Bohemia Oxidada en Arambol beach

Se abre la puerta de salida del aeropuerto y cruzo la línea que me permite poner un pie en un desconocido país. A mi alrededor todo es nuevo, un paisaje que nunca he visto. De repente el aire cargado de humedad golpea mi cara, el sol está en su punto álgido y el clima es sofocante. Estoy en la India, y lo que había leído y soñado, ahora toca vivirlo. Un sueño en Royal Enfield.

Aterrizo en Goa tras una breve escala en Bombay. Me instalo en Chapora, un pequeño pueblo al norte de Panaji, capital de este estado, que se independizó en 1961 de los colonos portugueses, siendo el último de los 29 estados en hacerlo.

Mi primer objetivo es conseguir una moto para ir a Katmandú, es lo que planeé para este viaje: ir de Goa hasta la capital nepalí. Ambas ciudades distan entre sí aproximadamente 5.000 kilómetros que suponen un desafío tentador e intenso, ya que India es uno de los países más peligrosos para conducir.

Destapo una Kingfisher (la clásica cerveza de India) y paso las primeras noches en el pequeño poblado de Chapora. El centro no es más que una calle con un puñado de tiendas, donde destaca una que vende zumos debajo de un gran árbol, cuyo cantero sirve como punto de reuniones para locales y visitantes.

Familia hindú

El hostal donde me alojo es austero pero confortable, lo regenta Edmon, un buen tipo y al parecer buen padre de familia. Le alquilo un scooter por unos días para salir en busca de la que será mi moto, y también para recorrer parte de Goa y sus playas. Voy hasta Arambol, al taller de Vicky’s (mi referencia), pero las motos no están en buen estado, y además su precio es elevado para mi presupuesto. Sigo buscando, y dando vueltas por la zona encuentro a unos chicos que, por lo que parece, intentan vender una moto: me acerco y les digo que estoy buscando una para comprarla. Uno de ellos dice que tiene una Royal Enfield 350 Bullet y que quiere venderla, me muestra fotos de teléfono y no se ve mal. Quedamos en juntarnos al día siguiente en el mismo sitio.

Al llegar al otro día, lo primero que hago es acercarme a la moto. Luce mejor en las fotos de lo que realmente está, algo que ya me esperaba. La pruebo unos kilómetros, se mueve mucho y tiene algunos detalles que no son de gran importancia, el motor suena bien y eso es importante. Hay que hacerle algunas cosas: batería nueva, cambio de aceite, frenos, etc., ¡Y bocina, claro! Esto es la India, la bocina es más importante que el casco. En fin, nada que no se pueda ajustar y poner a punto.

Los neumáticos están prácticamente lisos y tiene aspecto de poco uso, su óxido la deja en evidencia. Accedo a comprarla por 50.000 rupias (700 €) con dudas, pero consigo que me la dé con los neumáticos nuevos: las dudas se irán esfumando con el paso de los días y los kilómetros, pero los neumáticos me durarán todo el viaje. De su condición y de la vida que nos esperaba en los próximos dos meses surge su nombre: Bohemia Oxidada.

Playas de Goa

Cinco días después de mi llegada a Goa empiezo el viaje. El primer día, después de pasar por Mapsa (la ciudad más importante del norte de Goa, donde compré un casco, algunas herramientas y otras cosas necesarias para el viaje), me dirijo hacia el sur por la carretera NH 66 hasta Agonda Beach. Recorro 100 kilómetros, son pocos el primer día. Prefiero hacerlo así para asegurarme de que todo funciona correctamente y, en caso de algún percance en la moto, solucionarlo antes de abandonar Goa. Por suerte el comienzo va bien, mi intuición es buena, ¡y mi ánimo aún mejor!

El segundo día salgo a primera hora de la mañana. Tras 400 km arribo a Hampi, antigua capital del Imperio Vijayanagara, en el estado de Karnataka, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986. Hampi es un pequeño poblado entre ruinas imperiales y templos hinduistas, rodeado de un paisaje rocoso salpicado de plataneras y arrozales. Tiene un bazar pequeño con tiendas, restaurantes y algunos alojamientos. Un lugar donde se respira tranquilidad.

Permanezco unos días para conocer sus ruinas y sus templos. Paseo de acá para allá, captando las primeras sensaciones; su cultura es muy distinta de la mía. Por las noches disfruto de su tranquilidad sentado en algún lugar del pequeño bazar.

Hampi es fascinante. Me voy de aquí muy contento y con ganas de seguir conociendo lugares. Cargo en la moto el equipaje; he traído lo que creo necesario para el viaje: algo de ropa para el frío, un par de zapatillas, camisetas, ropa interior, algunos medicamentos, una guía, la cámara de fotos, un mapa con información exigua que acabo de comprar en el bazar y alguna que otra cosa que pueda caber en la mochila, lo justo para un par de meses; así y todo tengo la sensación de tener muchas. Colocarlo en la moto se convertirá en una rutina minuciosa que conllevará dedicación.

Templo Virupaksha, Hampi

Salgo hacia el norte por la NH 211. A medida que atravieso llanuras entre campos de mostaza, la tierra se acumula en mi cara, los pueblos aparecen casi sin dejar kilómetros entre ellos, en la ruta se ven desde bicicletas hasta camiones con los que debo lidiar. Y además de esquivar baches, animales y personas, tendré que sortear todo vehículo que aparezca en dirección contraria, algo que parece normal aquí, pero que a mí me hace rabiar y maldecir. No existe el orden en las rutas de India, el caos es el que manda y todo se rige por la Ley del Más Grande. Empiezo a vivir en carne propia eso de que India es el país más peligroso para conducir, no experimento nada que me permita contradecirlo.

La pobreza que asoma a ambos lados de la ruta es abrumadora y lacerante, la precariedad se palpa en cada abrir y cerrar de ojos, la miseria es parte del paisaje y sin embargo la economía india crece a un ritmo acelerado, convirtiendo al país en una potencia emergente. Contraste difícil de entender cuando se rueda por estos caminos hechos de una realidad que obliga a endurecerse.

Llego de noche a Aurangabad tras recorrer los 600 km que la separan de Hampi. Con tanto tráfico y gente, y con el estado deplorable de las carreteras, circular es todo un desafío que se hace a un ritmo demasiado lento. Esto es algo que tendré que tener en cuenta a la hora de organizar los trayectos y así evitar conducir de noche, una experiencia nada agradable en este país. Termino el día cansado y cubierto de tierra.

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Quique Arenas Director

Director de Motoviajeros y responsable del Dpto. de Comunicación del grupo Ubricar. Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR) y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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