No Quarter: pueblos negros y hayedos No Quarter: pueblos negros y hayedos
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Rumbo a Majalrayo.

Rodar por el corazón de Tejera Negra es sentarse a escuchar No Quarter, de Led Zeppelin. Uno se adentra en ellas con la respiración contenida, absorto en el misterio, poseído por la melodía gigantesca y hechizante que rodea al intruso en el que nos convierten. La eterna cadencia silenciosa se rompe en mil pedazos con el viento vitriolo que todo lo anega, desde los primeros compases. Y uno se siente un espíritu errante, vagando inerme entre el bosque inmortal que dibuja la guitarra de Jimmy Page -cuyos riffs desgarran como las zarpas de un cánido- y la espesura que año tras año devora el ajado alquitrán de este laberinto distante.

En las carreteras de la Sierra de Ayllón (situada entre las provincias de Guadalajara, Segovia y Madrid) es fácil perderse, como en No Quarter. Es precisamente en ese momento cuando uno se detiene, mira a la derecha y la izquierda del presente, y se halla minúsculo sentado en un gélido soplo de recuerdos, zarandeado por el entorno como en un vibrato infinito, apartado de todo, invadido, entregado a la vaporosa doncella que parece salir de todas partes, entre aullidos, seres descarnados y lunas acólitas, como en una película de Tim Burton.

Hayedo de Montejo.

En esta fortaleza poderosa e inmensa se levantan victoriosos el Pico del Lobo (2.272 m) y el Ocejón (2.049 m), cuyas cumbres respiran nieve. Y así, entre collados y montes cinematográficos, se pobló este desierto verdoso con casas y hombres de otros mundos, que viven perdidos a la espera de la nada.

Son pueblos negros, engullidos, exangües algunos de ellos, enterrados en los mapas como baúles con tesoros, con nombres tan inquietantes en su sonoridad como el órgano de John Paul Jones. Y desgarrados, como la voz de Robert Plant. Penetrar en ellos y en la naturaleza que les abraza es un desafío al tiempo, congelado aquí irremisiblemente de futuro. Todo en dichos pagos se convierte en una mera escena ante los ojos de Dios, una fotografía sin antes ni después, un agujero olvidado en el plano del Universo. No hay gasolineras. La cobertura del móvil agoniza. Y hasta Google Maps se lía.

En estas carreteras, al igual que en esta canción, nada dura nada y todo dura todo. Es un lenguaje diferente que emana un movimiento elíptico, fantasioso, ocultista. “They choose a path where no-one goes…”

"Muralla china" de Guadalajara.

En noviembre, un buen mes para entregarse a No Quarter, acceder a Montejo de la Sierra atravesando su hayedo explosionado en mil tonalidades otoñales y cruzar la llamada “Muralla China” de Guadalajara es una experiencia quimérica. Tras cabalgar por las empinadas cuestas de este serpentín hormigonado que sortea el río Jaramillo entre derrabes y farallones afilados de roca, se llega tiempo después a Majaelrayo, una tabla de salvación de pizarra que parece flotar en el océano herrumbroso de este páramo insondable. Al norte, muy al norte aunque apenas disten 40 kilómetros, nos espera Riaza. Entre tanto, nuestro sendero atraviesa como una espada luminosa y afilada el Parque Natural Hayedo de Tejera Negra.

Casi todos sabemos que al otro lado está de nuevo la civilización. Pero tememos a la incertidumbre. Al frío. A la noche. A la soledad. Estos intangibles se suben en el asiento de atrás de nuestras motos y nos lo recuerdan al oído, por mucho que estemos preparados, con susurros angustiosos.

Puerto de la Quesera.

Del cielo caían hojas anaranjadas, y un arroyo fluía virgen a nuestro lado, escondido en la espesura, con su rumor indescifrable. De repente, a lo lejos aparecen dos motos, como apariciones fantasmales surgidas del concierto-documental The song remains the same. Se acercan, detienen sus motos y preguntan si todo está bien. Un gesto que aquí, aunque parezca ridículo, tiene doble valor. Es fácil que no pase nadie durante horas -uno en realidad piensa que no va a pasar nadie, nunca-, por lo que si verdaderamente se está en problemas, la aparición de ángeles salvadores puede considerarse un milagro en toda regla. El Puerto de la Quesera (1.757 m) es intenso y estremecedor, y conviene no infravalorarlo. Es un depredador salvaje y huraño que aguarda el momento para saltar sobre su presa, sobre todo en los atardeceres de otoño e invierno, cuando más hambriento se encuentra.

Nuestra carretera, convertida en dogma de fe, nos conduce al Hayedo de la Pedrosa, una especie de regalo del Creador para que el ser humano pueda contemplar la magnificencia de esta naturaleza imperial. Está muy cerca de Riaza. Es como si un padre pusiera a sus hijos un regalo fabuloso en el sofá de casa, completamente al alcance. El hayedo es de bolsillo, un deleite para la vista, y nos ayuda a sentir como criaturas cercanas y afables a estos árboles pictóricos que a estas alturas del año han dejado ya su ropa en el suelo y nos reciben casi desnudos, convertidos en pequeños adanes y evas fosilizados, cubiertos por líquenes y hojas insurgentes.

Hayedo de la Pedrosa, rumbo a Riaza.

Después de sortear este vacío en el tiempo, con los baquetazos finales de John Bonham clausurando nuestro himno, regresamos a la cotidianidad: ladrillos, líneas divisorias en el pavimento, cláxones… todo nos recuerda que hemos abandonado ya el Macizo del Pico del Lobo-Cebollera.

Al terminar, se saca una clara conclusión: aun con el depósito de combustible lleno, una moto recién salida del concesionario y tres jinetes motorizados a modo de escolta, sería un atrevimiento perforar este reino a pocas horas de caer la noche, y si es fuera de un fin de semana, para qué contar. Consejo: entrad en él por la mañana y disfrutad de sus hermosísismos rincones: algo que no se ve pero que está ahí os enganchará para siempre. Con No Quarter ocurre lo mismo.

Quique Arenas.-

Hayedo de la Pedrosa.

Quique Arenas

Director de Motoviajeros y responsable del Departamento de Comunicación del grupo Ubricar.
Durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Autor del libro “Amazigh, en moto hasta el desierto” (Ed. Celya, 2016).

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